martes, 2 de febrero de 2010

Hacia un nuevo comienzo ... por otro camino

Hal Draper

Escrito: En 1970.
Esta edición: 2001, Marxists Intenet Archive.

La alternativa a la micro-secta

Este es un artículo sobre los antecedentes históricos de la cuestión de la secta como forma de organización, así como las alternativas a ella existentes. No se presenta para que sea adoptado o votado por nadie (tener que decirlo explícitamente refleja algunos hábitos sectarios de funcionamiento). Por otra parte, es verdad que afecta al curso organizativo que nuestro comité quiere seguir, pero éste no sólo proviene de las fuentes puramente históricas. Este artículo puede ser útil para dar idea de las flexibles posibilidades propias del camino no sectario, pero no ofrece modelos a copiar. Bastará con que contribuya a alcanzar esta conclusión: hay un camino hacia un partido revolucionario que no es el camino de la secta.

Esta línea de pensamiento no es un producto momentáneo. Desde un punto de vista histórico, se desarrolla a partir de dos experiencias realizadas en los dos últimos años: (1) Trabajando sobre la presentación de la política de Marx, he tenido que plantearme cuál era el pensamiento de Marx y Engels en este campo. (2) A la vez, he tenido la interesante experiencia de leer las Obras escogidas de Lenin, desde el tomo 1 hasta el 20 (hasta la I Guerra Mundial), tratando de comprobar si había alguna base real para la fábula "estándar" sobre el "concepto de partido" en Lenin (no la hay). Naturalmente, este trabajo no tenía lugar en el vacío, pues estaba presente el eterno problema de cómo construir. Es obvio que lo que viene a continuación es únicamente la presentación de una línea de pensamiento, y no un intento de demostración.

Hal Draper, 1971

El problema es: cómo construir un partido socialista revolucionario. En los Estados Unidos, no ha habido ningún progreso estimable hacia él en el último tercio de siglo (desde el final de la segunda guerra mundial). La meta sigue estando ahí, pero el camino hacia ella debe ser reconsiderado.

El camino que hemos seguido conduce a un callejón sin salida. Tenemos que retrocer hasta encontrar una bifucarción que dejamos atrás. El camino por el que hemos marchado es el camino de la secta. Definiremos qué quiere decir esto, y por qué y cuándo comenzó. Y explicaremos por qué no conduce a ningún sitio, que es donde estamos ahora.

Argumentaremos que la historia demuestra que debe haber otro camino, un camino diferente. De hecho, aunque sin plantearnos explícitamente el problema, ya iniciamos un camino diferente a principio de 1964, cuando se formó el Independent Socialist Committee para dar nueva vida a Independent Socialism como tendencia política, alentando la formación de clubes locales (el primer Independent Socialist Club se formó en el campus de Berkeley, a finales de 1964). Pero entonces no pensamos que se trataba de una alternativa a la organización tipo secta, por lo que el naciente movimiento Independent Socialist retrocedió de nuevo a la ruta de la "secta", a consecuencia de presiones fáciles de identificar. Nos proponemos repensar completamente todo esto.

Comencemos retornando a Marx

Sobre este tema, no cabe ninguna duda de cuáles eran las opiniones y la práctica de Marx. De hecho, probablemente tuvo una reacción excesiva, debida a la intensidad de su determinación de no tener nada que ver con cualquier secta, incluyendo una secta propia.

Para Marx, era una secta cualquier organización que estableciese como su frontera orgánica algún tipo de opiniones (incluyendo las de Marx), o que hiciese de esas opiniones el factor determinante de su forma organizativa.

Ni Marx ni Engels formaron ni quisieron formar nunca un grupo "marxista", entendiendo por tal una asociación afiliativa basada en un programa exclusivamente marxista. Toda su actividad organizativa discurrió por otro camino.

Entonces, ¿cuál sería, conforme al pensamiento de Marx y Engels, la actuación adecuada de quienes comparten sus opiniones y quieren llevarlas a la práctica? La tarea sería llevar esos puntos de vista a los movimientos y organizaciones que han surgido de forma natural a partir de la lucha social realmente existente. La tarea no sería inventar una forma "superior" de organización, sino influir sobre estos movimientos y organizaciones de clase, desarrollando cuadros revolucionarios en ellas y trabajando, en definitiva, por hacer avanzar al movimiento en su conjunto.

El movimiento en su conjunto: Marx y Engels sabían -y decían- que este proceso podría, muy probablemente, involucrar escisiones; no hicieron un fetiche de una absoluta unidad entendida como condición del propio proceso. Pero las rupturas que ellos veían como naturales no eran las provocadas artificialmente por una corriente ideológica que despliega desde fuera una abstracta bandera programática, sino aquellas que surgen orgánicamente del propio progreso del movimiento. Esperaban que estas rupturas se produjesen en dos direcciones: por un lado, elementos aburguesados opuestos a una línea de clase y al desarrollo del movimiento en el sentido de la lucha de clases; por otro, sectas ideologizadas que observarían como el movimiento de clase se alejaba de sus particulares panaceas y recetas.

Ellos esperaban que semejantes elementos se escindirían, o que los elementos saludables de la clase obrera tendrían que romper con ellos, pero, sin embargo, nunca pensaron que la línea de demarcación orgánica fueran las particulares opiniones programáticas de una vanguardia (el programa en abstracto) sino, más bien, el significado político, desde el punto de vista de la lucha social, del nivel político alcanzado por el movimiento de la clase (es decir, el programa en concreto, el programa concretado en la lucha de clases realmente existente).

Así, durante 1847, Marx y Engels, que se habían incorporado a la Liga Comunista, trabajaron con gran habilidad para liberarla de su resaca sectaria y conspirativa, pero, simultáneamente, Marx dedicó sus esfuerzos en Bruselas, donde vivía, a la construcción de la Asociación Democrática, que ni siquiera era programáticamente socialista. Y cuando la revolución estalló en el Continente, inmediatamente se orientó hacia el vaciamiento (disolución) de la Liga Comunista como vehículo de vanguardia de la operación orgánizativa.

En Colonia, durante la revolución, ellos actuaban (organizativamente hablando) en tres niveles distintos, ninguno de ellos similar a una secta marxista: (1) En el movimiento democrático de izquierda (Unión Democrática) [Esta parte del cuadro no tiene nada que ver con nuestro problema actual, pues está relacionado con el problema de la política ante una revolución democrática-burguesa]; (2) En la Asociación Obrera de la ciudad, una amplia organización de clase; (3) En su propio centro político. ¿Y qué crearon como su centro político? En ningún caso una organización, sino más bien un periódico y su equipo editorial, esto es, una voz. Y este equipo es lo que funcionó como la "tendencia Marx", tal y como se observaba a sí mismo y como era considerado públicamente.

Con el declive de la revolución, y tras volver a Londres, Marx estuvo de acuerdo en la reconstitución de la Liga Comunista temporalmente; pero pronto, a finales de 1850, Marx se percató de que la crisis revolucionaria había terminado, mientras que la mayoría de los miembros reaccionaron a la frustración coinvirtiéndose en un grave caso de infantilismo sectario. La Liga se rompió y se desintegró. Marx nunca repitió tal experiencia.

Durante los años 50, Marx y Engels no se esforzaron en crear nuevas organizaciones, sino que se concentraron exclusivamente en la producción y publicación de la literatura que hiciese posible la educación de cuadros. Este período terminó únicamente cuando el movimiento obrero, por sí mismo, anunció la creación de la organización ad hoc que hoy conocemos como la Primera Internacional.

La Primera Internacional era tan distante de la idea sectaria de organización, que nunca se pronunció claramente por el comunismo, y solamente apoyo matizadamente una versión del colectivismo económico en su último congreso. Y era tan amplia, dentro de un marcado carácter de clase, que nadie soñaría en poder duplicarla hoy.

En cualquier caso, el enfoque de Marx era 180 grados opuesto al de la secta: en vez de comenzar con el Programa Omnicomprensivo y reunir a su alrededor una banda de escogidos procedentes de cualquier estrato de clase (especialmente intelectuales), Marx quiso partir de sectores de la clase obrera que se encontraban en movimiento y activos en la lucha de clases, aunque fuese con un "bajo" nivel, adaptando el programa a aquello para lo que estos sectores estaban preparados. Esta es la manera de comenzar.

Marx: el lado negativo

Dentro del amplio movimiento de la Primera Internacional, Marx y Engels no establecieron ningún tipo de centro político propio, y en eso consiste precisamente el carácter excesivo de su reacción, no, desde luego, en su nula inclinación hacia la creación de una secta marxista.

Si bien Marx usó el Consejo General y su influencia en él como su "centro político"; sería fácil explicar por qué esto no era suficiente. Probablemente, Marx tenía la impresión de que otro comportamiento impediría su influencia personal en el Consejo General, pero el precio a pagar por ello fue que, cuando la Internacional desapareció, la formación de un espacio marxista definido estaba aún en una etapa que ni siquiera podríamos catalogar como elemental.

Este hecho negativo -me refiero a la ausencia de un marco marxista de cualquier tipo, no a la renuncia a crear una secta marxista- es una de las razones de fondo que explican la forma en que, en diferentes países, surgieron los diversos partidos socialistas, incluyendo los denominados partidos "marxistas".

El primer centro "marxista" fue establecido por un hombre (Hyndman) hostil a Marx y al pequeño círculo de socialistas ingleses directamente influidos por Marx; Hyndman estableció este centro "marxista" como una típica secta del peor tipo, y su desastrosa influencia sobre el marxismo inglés no ha sido aún superada. Ni Marx, ni Engels ni nadie de su círculo más próximo ofreció nunca algún tipo alternativo de centro político marxista, lo que condujo a que la personificación de Marx para el público británico fuera un hombre al que podemos considerar como el más tosco "fundador del marxismo" que haya podido encontrarse en cualquier país del mundo.

La alternativa obvia a la secta habría sido lo que Marx hizo en Colonia: el establecimiento de un órgano de prensa por los amigos británicos de Marx, una publicación portavoz de ideas marxistas, un modelo de cómo había de dirigirse al movimiento de clase, un marco organizador. Pero no se hizo nada de esto, provocando un vacío. Así, la operación sectaria de Hyndman se movió en el vacío.

Aunque Eleanor Marx hizo un trabajo brillante como organizadora del Nuevo Sindicalismo (un sindicalismo militante de masas), organizando a los trabajadores desorganizados y no cualificados, se trató de un trabajo individual, que carecía de otra referencia visible. Aunque ella y Aveling hicieron un buen trabajo en la extensión de la acción política independiente de la clase obrera, con un impacto que ayudó a la creación del Partido Laborista, su esfuerzo no tuvo el efecto concomitante de ayudar a la selección y formación de un espacio marxista que pudiera hacer más de lo que ellos solos hacían.

Este error -la incapacidad para establecer algún tipo de centro político reconocible no sectario- fue repetido después, con menor excusa, por Rosa Luxemburg en Alemania; mientras que en Polonia sus camaradas crearon una secta, no un partido de clase.

El aborrecimiento extremo que Marx sentía hacia las sectas no le impidió reconocer las contribuciones positivas de algunas sectas. No cayó en una evaluación unilateral del papel histórico jugado por algunas sectas, al igual que su odio hacia el capitalismo no excluyó el reconocimiento de sus grandes contribuciones positivas al desarrollo de sociedad. De la misma forma que el Manifiesto Comunista ofrece lo que ha sido denominado como un himno de alabanza a las aportaciones positivas de la burguesía, Marx y Engels ardían frecuentemente en alabanzas a las contribuciones de las sectas utópicas.

No perdieron tiempo en lamentaciones por el hecho que que estas contribuciones fueran hechas primero por sectas (a veces más bien grotescas, como la "religión" saint-simoniana), pues ellos comprendían las presiones que empujaron a los ideólogos socialistas hacia la forma de secta. Lo verdaderamente importante, pensaban ellos, era empujar en una dirección diferente, orientando a los socialistas hacia un camino organizativo distinto.

Marx resumió esto en una carta bien conocida (1871): "La Internacional se fundó a fin de reemplazar las sectas socialistas o semisocialistas por una organización real de la clase obrera para luchar... Por otra parte, la Internacional no hubiera podido afirmarse si el curso de la historia no hubiese destrozado ya al sectarismo. El desarrollo del sectarismo socialista y el desarrollo del movimiento obrero real están siempre en relación inversa. Cuando las sectas están (históricamente) justificadas, la clase obrera no está aún madura para un movimiento histórico independiente. Tan pronto como ha alcanzado esa madurez, las sectas se hacen esencialmente reaccionarias. Por cierto, en la historia de la Internacional se ha repetido lo que la historia general nos muestra en todas partes. Lo caduco tiende a reconstituirse y a afirmarse dentro de las formas recién alcanzadas. Y la historia de la Internacional ha sido una lucha continua del Consejo General contra las sectas y contra los experimentos diletantes, que tendían a echar raíces en la Internacional contra el verdadero movimiento de la clase obrera".

Evidentemente, no se trata de determinar a priori la fecha exacta en la que se hace reaccionaria la forma de secta. Eso no puede hacerse.

Marx comenzó a luchar por crear su propio camino hacia un moviento revolucionario, y para ello debía enfrentarse con firmeza a la idea sectaria. Aunque más tarde se probara que en el año 1864 las posibles contribuciones de las sectas no estaban aún históricamente totalmente agotadas, eso es irrelevante respecto al curso seguido por Marx. La secta de Lassalle en Alemania (ver comentarios de Marx en la carta antes citada) o la mencionada secta de Hyndman en Inglaterra continuaron jugando un papel (¡ay!), un papel que también tuvo un aspecto positivo mientras no hubo otra alternativa en marcha.

Indiscutiblemente, a veces una camarilla puede ser mejor que nada, pero esa perogrullada no indica una línea a seguir. Por otra parte, la secta socialista de los germanoamericanos emigrados era, en opinión de Marx y Engels, peor que nada, y esperaban que se destrozaría y desaparecería (desafortunadamente, un siglo después sigue con nosotros: SLP).

De todo esto no se sigue, pese al odio extremo que Marx sentía hacia la forma de secta, que todas las sectas sean igualmente nocivas. Todo lo contrario: existen tremendas variaciones al respecto. Si observamos ejemplos más próximos a nostros, los "oehleristas" (una microsecta que se separó de la secta trotskista en 1935) no contribuyó nada al desarrollo de un movimiento revolucionario, excepto como tema de hilaridad (lo que no debe ser desdeñado en tiempos difíciles). Por el contrario, la Liga Socialista Independiente aportó los elementos esenciales del socialismo revolucionario de nuestro tiempo. ¡Hay una gran diferencia! Pero no contradice la única conclusión a la que queremos llegar en este momento: hay un camino hacia el partido revolucionario que no es el camino de la secta.

La anatomía de la secta

En resumen: hemos visto tres posibles enfoque. Podemos descartar ya el que se restringe a militancias individuales, sin ningún tipo de centro político. El verdadero problema es si el centro político debe ser necesariamente una secta. Lo que está en juego en ello no afecta sólo a dos formas organizativas, sino a la relación entre la vanguardia y la clase.

La secta se autocoloca en un alto nivel (muy por encima de la clase obrera) y se sostiene sobre una escasa base, ideológicamente selectiva (y, habitualmente, externa a la clase obrera). Proclama su carácter obrero basándose en sus aspiraciones y en su orientación, no por su composición social ni por su modo de vida. Comienza entonces a intentar arrastrar la clase obrera hasta su nivel, o hace un llamamiento a esa clase obrera para que lo alcance. Desde dentro de sus fronteras orgánicas, envía al exterior a exploradores para que contacten con la clase obrera, y a misioneros que conviertan a dos aquí y a tres allá. La secta se imagina convertida algún día en un partido revolucionario de masas, ya sea por un crecimiento paulatino, por la unidad con otras dos o tres sectas o quizá por algún proceso de entrismo. Marx, por el contrario, opinaba que los elementos de vanguardia debían evitar, ante todo, la creación de muros orgánicos entre ellos y el movimiento de clase. La tarea no era elevar hasta el "Programa completo" a dos trabajadores aquí y a tres allí (y menos aún a dos estudiantes aquí y a tres intelectuales allí), sino buscar las palancas que puedan servir para impulsar a toda la clase, o a sectores de ella, hacia niveles más elevados, tanto en el ámbito de la acción como en el de la política.

La mentalidad de secta ve su santificación únicamente en su Programa completo, precisamente en lo que la separa de la clase obrera. Si, dios no lo permita, alguna de sus consignas comienza a hacerse popular, inmediatamente se asusta: "Algo debe estar pasando. Debemos haber capitulado a alguien" (no es una caricatura, sino la vida visma). El enfoque de Marx era todo lo contrario. La tarea de la vanguardia era precisamente poner en marcha consignas que pudiesen ser populares en el nivel real alcanzado por la lucha de clases en un momento determinado, poniendo en movimiento al mayor número de trabajadores que fuese posible.

Esto significa actuar sobre un tema y en una dirección, yendo por un camino que llevará al conflicto con la clase capitalista y su Estado, así como con sus agentes, incluyendo los "lugartenientes obreros del capitalismo" (sus propios líderes).

La secta es una versión en miniatura del futuro partido revolucionario, un "pequeño partido de masas", una edición microscópica del partido de masas aún inexistente. Mejor dicho, eso es lo que la secta piensa de si misma o intentar ser.

Su método orgánico es el método del "como si": actuemos como si ya fuésemos un partido de masas (en un grado minúsculo, naturalmente, acorde con nuestros recursos), pues ese es el camino para convertirnos en un gran partido de masas. Publiquemos un periódico para los trabajadores, igual que si fuéramos un partido obrero, y si no podemos publicar un diario, como haría un verdadero partido de masas, al menos podremos publicar un semanario o bisemanario para agotar nuestros recursos; eso hará de nosotros un pequeño (irreal) partido de masas (pero esta fachada solamente es autoilusoria, ya que si lográ engañar a un trabajador, éste se dará cuenta pronto de lo poco que había detrás). Construyamos un partido "bolchevique" siendo "disciplinados" como buenos bolcheviques (así, sobre la base de una falsa noción de la disciplina "bolchevique", aprendida de los enemigos del leninismo, la secta es "bolchevizada" en una camarilla interiorizada y petrificada, que reemplaza las obligaciones de una cohesión política por argollas de hierro como las necesarias para maneter unidas las maderas de un desmoronado barril).

Hay una falacia fundamental en la idea de que el camino de la miniaturización (imitando un partido de masas en miniatura) es el camino al partido revolucionario de masas. La ciencia prueba que la escala en la que vive un organismo vivo no puede cambiarse arbitrariamente: los seres humanos no pueden existir a la escala de los liliputienses o los brobdingagenses, pues sus mecanismos vitales no podrían funcionar. Las hormigas pueden cargar 200 veces su propio peso, pero una hormiga que midiese seis píes no podría levantar 20 toneladas, incluso aunque pudiera existir en algún monstruoso modo. En la vida organizativa, esto también es cierto. Si se intenta crear una miniatura de un partido de masas, no se consigue un partido de masas miniaturizado, sino un monstruo.

La razón básica es la siguiente: el principio vital de un partido revolucionario de masas no es simplemente su Programa completo, que puede copiarse sin más que un activista mecanógrafo y puede ser ampliado o reducido como un acordeón. Su principio vital es su involucración integral como una parte del movimiento de la clase obrera, su inmersión en la lucha de clases no por la decisión de un Comité Central, sino porque vive en ella. Este principio vital no puede imitarse o miniaturizarse; no se reduce como un dibujo animado ni se encoge como una camisa de lana. Como una reacción nuclear, este fenómeno se produce únicamente cuando existe una masa crítica, por debajo de la cual el fenómeno no es menor, sino que desaparece.

Entonces, ¿en qué puede imitar la pretendida miniatura a un partido de masas? Solamente en la vida interna (una parte de ella y en cierto modo), pero esta vida interna, mecánicamente trasladada, es ahora ajena a la realidad que rige en un verdadero partido de masas. Si separamos los intestinos de un león de su cuerpo, lo que obtenemos en realidad es... tripas. Por este motivo la vida interna de una secta tiende a ser un ejercicio de irrealismo, de meras fachadas, de imitaciones rituales.

Así, como lo único que tiene al alcance de su ritualizada parodia es la vida interna del partido de masas, la mentalidad de camarilla solamente se encuentra a gusto en la vida interna. Más allá de esta vida interna, la dura realidad de aislamiento e impotencia se hace insufrible, al no tener la más mínima semejanza con la vida exterior de un partido de masas. La vida interna de la secta deja de ser un mal necesario para el desarrollo de sus actividades públicas, para convertirse en un gratificación sustitutiva.

El obrero perteneciente a un partido de masas se irrita por la necesidad de gastar mucho tiempo en reuniones de las organizaciones del partido o de sus fracciones, incluso aunque sea lo suficentemente buen marxista para comprender que estas cosas son necesarias. La mentalidad de secta, por el contrario, solamentes se encuentra cómoda y satisfecha en esas actividades subterráneas, en las que puede disfrutarse convenientemente de la charla revolucionaria, mientras que una reunión sindical es considerada como un estorbo.

¿Y los bolcheviques?

¿Pero acaso los mismos bolcheviques no se desarrollaron desde una secta hasta un partido de masas? Si ellos pudieron hacerlo, quizá podamos nosotros...

No, los bolcheviques no llegaron a ser un partido de masas siguiendo el camino de la secta. Y el ¿Qué hacer? no propone una forma organizativa sectaria. Todas esos cuentos de hadas sobre las concepciones del partido propias de Lenin son invenciones de antibolcheviques profesionales y de los estalinistas; sin embargo, obviamente no podemos tratar eso aquí en profundidad. Quizá baste lo que digo a continuación.

Consideremos el camino encarnado en el ¿Qué hacer? En el período anterior, los pasos preliminares hacia un partido de masas en Rusia no habían tomado la forma de sectas, sino de círculos locales obreros y de asociaciones regionales. No se habían desarrollado como sucursales de una organización central sino de forma autónoma, en respuesta a las luchas sociales.

Lo que Lenin comenzó a organizar en el extranjero, ante todo, no era una secta, ni una organización afiliativa, sino un centro político: una publicación (Iskra) con un equipo editorial. La tendencia Iskra tomó cuerpo en un equipo editorial, no en una secta. La asociación a la que Lenin aspiraba era un partido de masas. No un partido formado exclusivamente por los que estuviesen de acuerdo con su marxismo revolucionario, sino un partido de masas lo sufientemente amplio como para incluir a todos los socialistas, y, desde luego, a todos los militantes obreros. Podría tener diversas tendencias en su seno, y los marxistas consistentes podrían ser una minoría, al menos durante cierto tiempo.

Lenin no cometió el error de interponer una secta entre su tendencia (con la línea correcta) y el amplio movimiento de la clase en lucha, ni tampoco incurrió en la equivocación de descuidar la construcción de un centro político y, a través de él, crear un espacio marxista.

Fueron los mecheviques y el ala derecha, no Lenin, quienes escindieron para no permitir una mayoría del ala izquierda. Ni siquiera en los años de formación del partido bolchevique hizo Lenin de la necesidad virtud: nunca adoptó el punto de vista según el cual el partido tendría que limitarse a los bolcheviques. Por el contrario, luchó coherentemente por un amplio partido en el que su ala izquierda tendría tanto derecho a ganar su dirección por medio del voto democrático como podría tenerlo su ala derecha. La escisión tuvo lugar, ante todo, en el aspecto organizativo.

Por supuesto, la situación de ilegalidad condicionó las formas orgánicas de muchas maneras, pero no es lo que determinó que Lenin rechazase formar una secta bolchevique. Si Iskra se hubiese establecido en Petrogrado en vez de hacerlo en el extranjero, la relación esencial no habría cambiado; de hecho, cuando se logró una legalidad parcial durante un corto período tras la revolución de 1905, una de las consecuencias fue la fusión temporal de los grupos bolchevique y menchevique en un partido de masas unificado, aunque Lenin conservó un centro político bajo la forma de una publicación y su equipo editorial. El inicio de cierta legalidad no empujó a Lenin hacia la formación de una secta bolchevique, sino en la dirección opuesta, hacia la unidad con los mencheviques en un partido de masas (no la unidad de los centros políticos ideológicos).

¿Pero no eran bolcheviques y mencheviques "fracciones" del dividido partido? Formalmente lo eran, pero en aquellos días una fracción significaba una cosa diferente. En ambos lados, y en otras tendencias organizadas integrantes del movimiento ruso, una "fracción" funcionaba como un centro político público, con su publicación y equipo editorial propios como vehículo de su poítica.

Estas fracciones (bolchevique y menchevique) no eran organizaciones afiliativas, en el sentido de las sectas que nosotros hemos tratado de construir. Si vemos los documentos escritos por Lenin poco antes de 1914, cuando el buró de la Internacional Socialista estaba trabajando sobre el problema de la unidad entre bolcheviques y mencheviques, observamos que Lenin, para probar que los bolcheviques tuvieron el apoyo de una mayoría de los trabajadores socialistas en Rusia, da estadísticas sobre la circulación de los órganos de prensa, sobre las contribuciones financieras, etc., pero nunca sobre número de afiliados o miembros. Nadie dio cifras de miembros.

En Rusia, las organizaciones con afiliados eran grupos de partido locales y regionales que podían simpatizar una parte con los bolcheviques y otra parte con los mencheviques, o apoyar a unos u otros en cada circunstancia. Cada vez que se realizaba un "congreso del partido" o conferencia, cada grupo debía decidir si asistía al de unos o al de otros, o a ambos.

Esto indica que tanto bolcheviques como mencheviques no eran orgánicamente sectas dedicadas a captar miembros, y ni siquiera fracciones en el sentido orgánico que sería perteniente hoy, sino centros políticos basados en una iniciativa de propaganda y editorial, junto a un aparato organizativo central para forjar lazos con todas las secciones del movimiento obrero, mediante "agentes", colaboradores literarios, etc. (este añadido es algo crucial, aunque no me explayaré en ello). Los miembros individuales del partido en Rusia, o los grupos del partido, podían distribuir las publicaciones de los bolcheviques, las de los mencheviques o ninguna de ellas. Muchos preferían distribuir un órgano que no representase a ninguna de esas fracciones, como el que Trotsky creo en en Viena, o utilizar a su libre albedrío las publicaciones que más les gustaban de cada una de las fracciones.

Obviamente, gran parte de este escenario estaba condicionado por la ilegalidad o por la naturaleza de la escisión entre bolcheviques y Mencheviques. No proponemos que sea un modelo automático para nosotros hoy día; hablamos de ello por una razón totalmente opuesta: porque hay algunos que, erróneamente, pensando que los bolcheviques se desarrollaron utilizando la forma de una secta, proponen, también erróneamente, la "secta de tipo bolchevique" como modelo. Pero nunca ha existido una "secta bolchevique". Esa invención fue posterior, procedente de la Comintern.

En todo caso, podemos sacar la siguiente conclusión provisional: si el partido bolchevique no se desarrolló como partido revolucionario siguiendo el camino de la secta, entonces debe haber otro camino. De hecho, la conclusión histórica va más lejos: ningún partido revolucionario o semirevolucionario de masas ha llegado a ser un partido de masas siguiendo el camino de la secta.

Esto no prueba que no pueda ocurrir. No prueba, por sí mismo, que sea imposible que una secta evolucione orgánicamente hacia un partido de masas, si en algún momento se da cuenta de que está siguiendo un camino equivocado y toma otra ruta. Pero no nos interesa demostrar tal cosa. Lo único que necesitamos comprender es que debe haber otro camino, un camino que realmente fue seguido por socialistas revolucionarios con más o menos éxito.

Lo que se ha demostrado es que el camino de la secta no debería seguirse acríticamente, sin reflexionar, como si fuera el único posible o imaginable. Por el contrario, el camino de la secta no ha dado nunca resultados hasta ahora. Lo que ha funcionado ha seguido una vía muy diferente, y que, por lo tanto, se merece al menos ser tomada en consideración.

¿Cómo y cuándo revivió la forma de secta?

Este otro camino sólo fue ignorado por la mayoría de los marxistas revolucionarios a partir de fecha relativamente reciente, durante el período de la Comintern. El gran desarrollo histórico que ocultó ese camino tras una cortina y empujó a seguir la ruta de la secta fue el período de revolución que siguió a la I Guerra Mundial, en el que la Comintern propuso la formación de partidos revolucionarios como una "emergencia" de inmediata necesidad. En cada país tuvo que constituirse inmediatamente un partido revolucionario, incluso aunque fuese un forzado producto de invernadero. Así lo exigían los "21 Puntos" de la Comintern.

La motivación era clara: la revolución mundial estaba en la orden del día para toda Europa. Y era cierto que la revolución mundial estaba en la inmediata orden del día (en Europa). Pero ahora sabemos que resulta completamente imposible forjar partidos revolucionarios genuinos por medio de órdenes que fuercen el proceso (al menos, partidos revolucionarios capaces de vencer). Esta es la razón esencial por la que el enemigo (en primer lugar, la socialdemocracia) fue capaz de derrotar esta revolución europea. Y la derrota de esta revolución fue el punto de giro de la historia social moderna, de la que deriva en mundo actual.

La mejor conocida consecuencia de esta derrota fue el ascenso del estalinismo, la estalinización de los partidos comunistas y de Rusia. Una consecuencia bisimétrica ha afectado a las corrientes que rechazaron la estalinización o que rompieron con ella: por lo general, han visto la degeneración del movimiento como una consecuencia de la estalización, en vez de comprender la estalinazación como consecuencia de la derrota y de la degeneración del movimiento. Sobre la base de ese punto de vista, se creyó que el éxito revolucionario dependía solamente de la forja de una vanguardia dirigente que no fuese estalinista, que fuese verdaderamente revolucionaria; esto es, de la formación de una vanguardia dirigente que tuviese la Línea correcta, lo que resultaría suficiente.

El proceso de creación forzada de "partidos" revolucionarios en un invernadero asumiento uno de los "21 Puntos" (y al margen del contexto objetivo de los verdaderos "21 Puntos") fue tomado como algo dado de antemano por una nueva generación de revolucionarios o aspirantes a revolucionario, para los que la historia comenzaba en 1917. El resultado fue una primera ola de sectas "bolcheviques" durante el período inicial del declive de la revolución europea, tratando de imitar a lo que creían habían sido los bolcheviques.

Un ejemplo típico fueron los "bordiguistas" italianos y otros vástagos de los izquierdistas infantiles de la Comintern, tendencias que Lenin había atacado en su "El izquierdismo, enfermedad infantil del Comunismo". Como es bien conocido, estos bien intencionados pero bastante ignorantes izquierdistas no sabían nada sobre cómo el partido bolchevique se había forjado realmente. Para ellos, el ultimátum de los "21 Puntos" no era una especial medida de emergencia, procedente de revolucionarios sensatos en la situación poco común de sentir el aliento de una crisis revolucionaria inmediata sin que exista un partido revolucionario. Para ellos, esta medida de emergencia, esta medida deseperada, llegó a ser la regla, el "normal" modo "bolchevique" de actuar... incluso si ya no existía la situación histórica que explicaba por qué se había recurrido a los "21 Puntos".

Generalizado como el modelo normal, este camino de invernadero hacia el "partido" revolucionario es algo así como esto: usted levanta la bandera del Programa Correcto para establecer su frontera orgánica. Usted hace esto sin considerar la situación objetiva porque es un imperativo suprahistórico. Usted hace esto con cualquier que esté a su alrededor, por ejemplo otras dos buenas personas (¿no se decía que en los días obscuros de la guerra el partido bolchevique de Lenin se redujo a un puñado de personas?). Usted se declara como el Partido Revolucionario, y ya que tiene el Programa Correcto, los trabajadores tendrán que llegar hasta su puerta... y ya tiene usted su secta.

Una ojeada al modelo trotskista de secta

Las reticencias de Trotsky durante varios años a romper con los partidos comunistas estaban condicionadas, entre otras cosas, por el hecho de que no veía ninguna alternativa sino la formación de una secta trotskista, a lo que era reacio.

Debe recordarse que, durante todo el período inicial de su desarrollo político (es decir, hasta 1914), Trotsky no había comprendido lo que Lenin estaba haciendo. Durante décadas, había peleado amargamente contra el curso orgánico de Lenin, que denunciaba como una política "escisionista". ¿Cuál era la política "escisionista" que le horrorizaba? Era la formación de un centro político distinto alrededor de un Programa completo y correcto, basando un centro político sobre el Programa completo, pero no una secta. El curso de Trotsky como un "conciliador" orgánico en el movimiento ruso significó que, como Luxemburg en Alemania y la mayoría de la "izquierda" de la Segunda Internacional, él tampoco había entendido la naturaleza del camino de Lenin hacia el partido revolucionario. Durante la mayoría de la vida política de Trotsky, los únicos cursos orgánicos que podía comprender era el curso de la secta y de los escisionistas (con el que interpretó a Lenin) o el curso pantanoso y ficticio de los que traficaban con la "unidad del partido".

Resulta irónico que la estalinización de los partidos comunistas forzase a Trotsky a formar su propio "centro político" (la Oposición de izquierda) dentro de los partidos comunistas, esto es, dentro de un movimiento estalinizado que no toleraba ningún centro de oposición política en su seno. El camino que él había denunciado dentro de la socialdemocracia rusa de la preguerra (donde era posible) era el mismo que se vio obligado a tomar dentro del movimiento estalinista (donde era imposible).

No es muy sorprendente, por tanto, que, cuando los grupos trotskistas no pudieron continuar adoptando la forma orgánica de un centro político de Oposición de Izquierda dentro de los partidos comunistas, adoptasen naturalmente la única otra forma que conocían: la secta. Sin duda, Trotsky lo hizo muy a disgusto, por lo que el siguiente experimento fue la entrada en la socialdemocracia, con la esperanza que encontrar allí un camino no sectario hacia el partido de masas. El esperado sustituto era la incubación de un partido revolucionario dentro del movimiento de masas que la socialdemocracia se suponía que representaba. Proseguir aquí esta historia sería una disgresión, pues lo que nos interesa constatar ahora es que antes y después del experimento "entrista", la completa e irreflexiva aceptación del modelo de "secta bolchevique" produjo una profusión de microsectas desprendidas de la macrosecta trotskysta a partir de los años 30. Además, en EE.UU. se hizo mucho más difícil ver cualquier otro camino a causa de la ausencia de un movimiento político masivo de la clase obrera.

La experiencia WP/ISL

Hay otro caso que exige nuestra inmediata atención, pues se trata de nuestro inmediato antecesor: el Workers Party/Independent Socialist League de 1940-58. En resumidas cuentas (aunque merecería decicarle más tiempo en otro momento), este caso se desarrolla en tres etapas.

La formación del Socialist Workers Party fuera del Partido Socialista. El entrismo trotskista en el Partido Socialista (gestación en la matriz socialdemócrata) abortó a finales de 1937, cuando Trotsky (y, con él, parte de la dirección trotskista, agrupada en torno a Cannon) decidió que el mundo, incluyendo EE.UU., estaba a punto de entrar en una situación revolucionaria, lo que inmediatamente desencadenó el retorno al modelo de los "21 Puntos" (al menos, esta vez volvía a tener como motivación la sensación de encontrarse ante una situación de emergencia). Según este modelo, como vimos antes, el Partido Revolucionario debe anunciarse a toda costa ante el mundo, con su bandera y su programa desplegados, con el tiempo suficiente para anticipar el impacto de la revolución.

El ala derecha del PS estaba tan ansiosa de expulsar a los trotskistas como nosotros lo estábamos de irnos, así que el resultado real fue una colaboración mutua. En cualquier caso, a comienzos de 1938 el Socialist Workers Party se presentó ante la clase obrera de los Estados Unidos, y durante el mismo año nació la IV internacional, nuevamente como forzado fruto de invernadero.

No había ninguna ambigüedad en cómo se veía a si mismo el nuevo partido: era el Partido Revolucionario destinado a salvar el mundo, y crecería rápidamente hasta ser la fuerza dirigente en la clase obrera, con la esperanza de que ocurriese a tiempo para poder dirigir la revolución que se estaba desarrollando. Desplegando el Programa completo y correcto, la secta (es decir, el "partido" que realmente existía) recorrería el camino hacia un partido de masas.

El inicio de la guerra reventó por dos vías diferentes este punto de vista incuestionado. Lo más conocido es que el Programa completo siguió siendo completo pero dejó de ser correcto (defensa de la Unión Soviética, pacto Hitler-Stalin, aparición del imperialismo estalinista, invasión de Finlandia y Polonia, etc.). Pero aquí resulta más pertinente resaltar el segundo aspecto que marcó en 1939-40 la lucha que sacudió y rompió la organización: la denominada "cuestión organizativa".

Como ya detallamos entonces en un largo documento titulado "Guerra y conservadurismo burocrático", lo que ocurrió es que la secta que se autodenominaba partido reaccionó al estallido de la guerra... como una secta. En el momento no lo entendimos así: hablábamos del "conservadurismo burocrático" de la dirección Cannon. Esta respuesta sectaria del SWP se acentuó mucho más tras la escisión: el SWP actuó durante toda la guerra como un crustáceo, encerrándose en su caparazón para proteger su gelatinoso cuerpo, y anunció la política de "preservar sus cuadros", en vez de tratar de encontrar las maneras y medios que permitiesen fortalecerles participando en la lucha durante la guerra.

En total contraste, el Workers Party que formamos tras la ruptura siguió una vía que podría describirse como la de un "pequeño partido de masas". Pero realmente actuamos como tal, y no sólo nos limitamos a hablar de ello. El WP se implicó con energía y de forma militante en actividades que podrían haber sido emprendidas por un partido de masas si hubiese existido, realizando un excelente trabajo revolucionario de oposición en las empresas y sindicatos,que iba acompañado con la distribución masiva de un popular semanario agitativo, etc.

Evidentemente, este trabajo de "partido de masas" sólo podía hacerse a una escala relativamente pequeña o, lo que es lo mismo, a una mayor escala pero limitada a unas pocas situaciones locales, pues eramos un "partido de masas" verdaderamente pequeño. Las previsiones subyacentes seguían siendo las mismas: crisis revolucionaria al acabar la guerra o poco después, y rápido crecimiento donde estábamos trabajando.

Esta vía parecía tener sentido, sólo de forma temporal, por obvias razones coyunturales: durante todo el período de la guerra nosotros fuimos la única y exclusiva tendencia socialista de oposición dentro de la clase obrera. ¡Situación de monopolio de la que no ha disfrutado nadie desde entonces! La "industrialización" o "proletarización" de nuestros miembros fue relativamente fácil por la situación de guerra (para los que no habían sido llamados a filas). Tampoco carece de importancia mencionar que nunca ha sido tan fácil financiar nuestra actividad, a causa de los salarios industriales, la dedicación de nuestros miembros y un astrónomico sistema de contribuciones sobre la renta.

En suma, durante este limitado período y en esa especial situación, las contradicciones de una secta actuando como un pequeño partido de masas podían ser paliadas -y de hecho lo fueron- al calor de la actividad.

Podría quizás argumentarse que si el resultado de la guerra hubiese sido la revolución en Europa y en América, como esperábamos entonces, esta vía se habría justificado históricamente. No tengo ningún interés en discutir sobre esto, ya que tampoco me interesa sostener ninguna teoría de la inevitabilidad ni mantener que si hubiésemos sido "más sabios" deberíamos haber hecho otra cosa. No son éstos los temas en discusión, y los menciono únicamente para excluirlos de ella. Lo que me interesa ahora es solamente explicar cómo y por qué la vía una secta tipo "pequeño partido de masas" era temporal y conyunturalmente posible y esperanzadora.

Pero en 1946 llegó el día de rendir cuentas. Ese año marcó una línea divisoria, pues para la mayoría de nosotros se fue haciendo muy claro que la esperada Revolución Mundial postbélica había sido abortada o que, en cualquier caso, no iba a tener lugar. Estábamos obligados a una reorientación fundamental.

En consecuencia, 1946 es también el año de un definitivo saldo de cuentas en el seno del WP con el grupo sistemáticamente sectario formado por la clique de Johnson.

Se trataba de una clique con un programa de facción, esto es, un montón de programas adaptables a cada ocasión. En 1946, la clique/facción de Johnson reaccionó formalmente al nuevo estado de cosas declarando con doble vehemencia que la revolución estaba a la vuelta de la esquina, que surgirían soviets en dos años, que el capitalismo se había derrumbado en toda Europa y que el poder rodaba por las calles: en otras palabras, encararon la desagradable realidad con la típica fantasía de la mentalidad sectaria. De acuerdo con ello, desplegaron un programa que contraponía "grupos de lucha" (entonces denominados "comités de fábrica") a los sindicatos convertidos en contrarrevolucionarios, que se habían transformado en órganos del Estado, etc. Con todo este galimatías, estos sectarios sistemáticos hicieron las maletas y se pasaron al SWP, donde hicieron una actividad fraccional revolucionaria durante un breve período, para después desplegar su bandera ante el mundo entero formando su propia secta, que luego se escindiría, etc.

El mismo año hubo otro intento de reorientación del Workers Party, realizado por gente más seria. Era un esfuerzo para teorizar y sistematizar la concepción organizativa tipo "pequeño partido de masas", no ya como una reacción ad hoc a las circunstancias de la guerra (que es lo que fue), sino como un concepto general y eterno, aplicable ahora más que antes. La frase "pequeño partido de masas" se inventó y escribió entonces. Este intento fue rechazado por la organización.

Más allá de esta discusión, y con una constante decadencia de la situación política de EE.UU. en una "calma chica" (clima de guerra fría, McCarthismo, etc.), la organización tuvo que hacer frente, sin autoengañarse, a su futuro como una secta entre otras sectas. En una tesis presentada en 1948 y discutida hasta que fue aprobada en 1949, la organización aceptó abrumadoramente unas básicas verdades: que no eramos un "partido" excepto en el nombre; que no existía en el país ningún "partido" socialista; que todos los grupos socialistas, incluyendo el nuestro, éramos en realidad sectas, en el mejor de los casos "grupos de propaganda", y que sólo podíamos ser una buena secta, una secta sensata, en vez de ser una secta estúpida, fastasmagórica y autoengañada; que aunque la historia sólo permitía en ese momento ser un secta, podíamos decidir no mantener una política sectaria ante la clase obrera y sus movimientos; etc. En consecuencia, el "Workers Party" pasó a denominarse "Independent Socialist League."

Todo esto era muy sensato Pienso que la ISL era la mejor y más sensata secta entonces posible: pero esto sólo sirvió de ayuda durante unos pocos años, pues toda la izquierda se agotó durante los años 50. La ISL no se meció a si misma contándose monstruosidades y fantasías sectarias; simplemente se marchitó en la enredadera y cayó, mientras que otras sectas realizaban todo tipo de contorsiones políticas: el Partido Socialista se redujo a nada, el SWP se transformó en un apéndice estalinoide...

¿Qué es un "centro político"?

Como toda esta trayectoria fue recorrida sin autoexamen y sin ninguna diferenciación analítica entre los diversos caminos, es preciso proceder retrospectivamente a dicha diferenciación. Lo dicho hasta aquí manifestaría que, en la práctica, el establecimiento de un "centro político" distinto de una secta -es decir, un centro de propaganda y educativo no dedicado a la captación de miembros, a diferencia de los grupos afiliativos encerrados dentro de unos muros orgánicos- ha tomado la forma concreta de una iniciativa editorial, con su correspondiente equipo editor, acompañada de un aparato organizativo más o menos desarrollado, decicado a llevar adelante las tareas políticas del centro.

Esta ruta ha sido más habitual de lo que podría indicar lo contado hasta aquí. Los EE.UU. contemporáneos muestran ejemplos sobre los que es conveniente echar un vistazo. Es cierto que el panorama radical parece estar cubierto de sectas, pero además existen también algunas tendencias no organizadas en forma de sectas sino de centros políticos en torno a una publicación.

Quizás la más efectiva políticamente haya sido la tendencia política representada por la Monthly Review (MR), un algo amorfo espectro de políticos estalinoides independientes del Partido Comunista. Aunque la revista ha sido también el organizador de una tendencia política, no ha evolucionado hacia una cristalización organizativa de tipo afiliativo, salvo en algunas intentonas realizadas por grupos locales de "Amigos" de MR, asociados a MR o cosas similares. Lo mismo puede decirse de The Guardian. Cabe dudar si estos elementos han tenido una perspectiva que se plantease contribuir algún día a la formación de un partido revolucionario; parece más bien que, prioritariamente, se han planteado impregnar a la izquierda con sus ideas específicas.

Otro ejemplo relativamente exitoso es Liberation, pero pagando como precio aquello que originalmente constituía su propia política. Esta revista se constituyó como un centro político de la tendencia partidaria del pacifismo absoluto. Como tal, ha sido un fracaso total, ya que el pacifismo absoluto está más muerto que nunca. De hecho, Liberation se convirtió en otra cosa, en la que el pacifismo era solamente un tropezón en la sopa. Como su política es confusa, no tiene mucha importancia como centro político. Ha mantenido principalmente un periodismo radical difuso.

Dissent se fundó más o menos conscientemente como un esfuerzo para mantener algo así como un centro político, sin formar una organización sectaria, por gente que se había hecho socialdemócrata en un país sin socialdemocracia. Más tarde, Dissent y L.I.D. acordaron unirse. L.I.D. es un ejemplo interesante de una organización originalmente de tipo afiliativo que, al desaparecer sus miembros, se transforma en una operación de tipo centro político, socialdemócrata en lo político, aunque no estaba agrupada en torno a una revista. New Leader ha sido otro ejemplo de una operación socialdemócrata (sector CIA) en torno a un centro político sin organización de tipo afiliativo. Todos estos casos, en sus especifidades, han estado fuertemente condicionados por sus fuentes de financiación.

De hecho, casi toda la prensa política tiende, por su propia naturaleza, a convertirse en algún tipo de centro político, ya que es una fuente de ideas. He mencionado ejemplos dispares, indicando que puede haber muchas variantes. No hay un modelo orgánico que podamos copiar. De lo que se trata es de darnos la idea general de un desarrollo que no involucra la construcción de una secta afiliativa, y ponernos a trabajar para expresar nuestras aspiraciones y opiniones. Una de las peculiaridades de la vía que queremos seguir es que queremos formar un centro político que tenga como objetivo la formación de los prerequisitos de un partido socialista revolucionario.

¿Qué queremos hacer?

Si abstraemos las peculiaridades nacionales, de tiempo y lugar, así cómo las condiciones específicas en las que se desenvolvió la actividad organizativa de Lenin, podemos decir que la laboriosa formación de la tendencia bolchevique logró tres cosas a lo largo del tiempo, tres cosas que, en mi opinión, pueden aplicarse casi en cualquier caso y que ciertamente se aplican a lo que nosotros estamos obligados a hacer.

El proceso de formación de la tendencia bolchevique creó un cuerpo de doctrina, un cuerpo de literatura política que expresó un determinado tipo de socialismo revolucionario; formó cuadros obreros y militantes alrededor de ese núcleo político; estableció su "tipo de socialismo" como una presencia en las políticas de izquierda, con nombre y fisonomía propios. Esto resume también nuestras tareas.

No tenemos ninguna necesidad de prever o predecir exactamente cómo se formará el partido revolucionario del futuro. Pero los resultados sólo pueden ser favorables si estas tres tareas se realizan. Si tenemos estas tareas en nuestras cabezas, ciertas actividades toman una diferente prioridad e importancia. Por ejemplo, para las sectas la tarea editorial es una actividad entre otras, a la que no dan una prioridad destacada. Tiende a ser desplazada hasta el último lugar de la agenda, con una sola excepción: la publicación de un órgano "de masas", que tiende a tomar tal prevalencia que apenas puede hacerse ninguna otra cosa. Desde nuestro punto de vista, esa es una grave equivocación a la hora de establecer las prioridades. La creación (publicación y distribución) de un cuerpo básico de literatura es la tarea de un centro político de la que depende todo lo demás. Es el medio principal para el fin deseado. La tarea primera de esta literatura es hacer posible la formación de los cuadros, para proveer la nutrición política que permitirá el desarrollo de esos cuadros, lo que resultaría imposible a falta de ese fondo literario.

Evidentemente, tales cuadros se desarrollarán localmente. Un centro político tiene una ventaja enorme sobre el Comité Nacional o el Comité Central de una secta que emite directivas, tesis, expedientes disciplinarios, etc. a su micro-imperio de mini-sucursales. Las relaciones de un centro político con clubes locales, grupos socialistas o sindicales, grupos de trabajadores y activistas individuales pueden ser infinitamente variadas y flexibles. Pero las relaciones de una secta son dicotomizadas en dos tipos: con los miembros de la organización, una relación regida por los estatutos; con los no afiliados, una relación obstaculizada por una barrera organizativa.

Tras un primer período en el que tendremos que realizar un gran trabajo de preparación, apostamos por una implicación mucho mayor con cuadros locales, pero basada en una relación diferente, que ofrece nuevas posibilidades.

No pretendo deletrear en este artículo nuestro programa para los próximos seis meses. Nuestras perspectivas ya van mucho más lejos de lo somos capaces realmente de manejar. Y esto es sólo el comienzo; si conseguimos ponernos en marcha en un año más o menos, estaremos moviéndonos adecuadamente a lo largo de este camino.

Debemos tener una perspectiva a largo plazo. no estamos proponiendo un esquema del tipo "hágase rico en 10 días", sino todo lo contrario: una línea de preparación para el futuro que sólo puede obtener frutos reales tras un largo recorrido. Deberíamos pensar desde el punto de vista de un Plan para no menos de diez años (digo diez años porque es un buen número redondo y se denomina década.) Desperdiciamos la pasada década en dos callejones sin salida. Si, para finales de los 70, tenemos algunas realizaciones sólidas en las tres tareas básicas antes enumeradas, entonces habremos dado los primeros pasos apreciables hacia el objetivo de un partido revolucionario.

Las cuatro utopías fundacionales de la Revolución Cubana

Luis Suárez Salazar
Rebelión

Ante todo, deseo agradecer a la Presidencia y al Comité Científico de este Taller la oportunidad que me han ofrecido de presentar ante ustedes algunas tesis e hipótesis vinculadas a mis avances de investigación acerca de las que he venido denominando “utopías fundacionales de la Revolución Cubana”. Pero antes de abordarlas me siento obligado a definir el significado que le atribuyó al término “utopía”.

Como ustedes saben, en ciertas lecturas del marxismo ese término fue degradado y, en algunos casos, estigmatizado a partir de la contraposición que realizó Carlos Marx entre el socialismo utópico y el socialismo científico. En mi concepto, a esa contraposición --históricamente justificada en la elaboración del pensamiento de Marx, pero que desde hace muchos años carece de todo sentido— se le ha dado una interpretación reduccionista, en tanto la formación económico-social que él y Federico Engels identificaron como “el comunismo” –y que otros posteriormente llamaron “el comunismo científico”— es probablemente una de las utopías más ambiciosas que ha parido el pensamiento y la praxis humana. Tan así es que –más de 160 años después de haber sido publicado El Manifiesto Comunista— aún se discute si algún día podrá convertirse en realidad el proyecto del mundo y de la sociedad post-capitalista que propugnó ese trascendental documento.

No es mi propósito introducirme en esa discusión que seguramente nos llevaría a analizar si “el socialismo” es el punto de llegada o, como lo planteó Marx en su famosa Crítica al Programa de Gotha, sólo el tránsito imprescindible entre la vieja formación económico-social (el capitalismo) y “el comunismo”. También nos llevaría a analizar la multidimensional crisis que está viviendo nuestro planeta y las posibilidades de que la depredadora e incontenible dinámica de la que Inmanuel Wallerstein llama “economía [capitalista] mundo” termine destruyendo la vida humana, antes de que puedan hacerse verdad los ideales del socialismo-comunismo.

Por eso, ahora sólo quiero acentuar que, sin dudas, ese “sueño” (todavía no sabemos, si realizable o irrealizable) de Marx, Engels y de sus diversos seguidores e intérpretes también nutrió las diversas utopías de la Revolución Cubana que triunfó el primero de enero de 1959; entendiendo esas utopías –junto con Franz Hinkelammert— como “la permanente crítica del presente, a partir de las perennes esperanzas en un futuro mejor”.

En esa comprensión, y hablando en términos filosóficos, cualquier utopía siempre ha sido y será una negación de la negación, en tanto aún en los casos en que puedan convertirse total o parcialmente en realidad, siempre será el punto de partida para la elaboración nuevos “sueños”, de nuevas utopías. Como indicó Fidel Castro en su célebre entrevista con Tomás Borges, publicada por primera vez en 1992 con el título Un grano de maíz, “[si] en nuestro país, hemos visto convertidos en realidades muchos sueños de ayer […] Y si hemos visto utopías que se han hecho realidades, tenemos derecho a seguir pensando en sueños que algún día serán realidades, tanto a nivel nacional como a nivel mundial”. Y agregó:

No tenemos otra alternativa que soñar, seguir soñando, y soñar, además, con la esperanza de que ese mundo mejor tiene que ser realidad, y será realidad si luchamos por él. El hombre no puede renunciar nunca a los sueños, el hombre no puede renunciar nunca a las utopías. Es que luchar por una utopía es, en parte, construirla.

Y es desde esas perspectivas políticas, teóricas, metodológicas y epistemológicas que en mis indagaciones acerca de la cincuentenaria historia de la Revolución Cubana, me he propuesto sintetizar las que ahora denomino sus “cuatro utopías fundacionales”. No tengo tiempo para describir el inconcluso transcurrir de mis indagaciones (particularmente sobre el pensamiento y la praxis de todas las organizaciones revolucionarias que lucharon contra la dictadura de Fulgencio Batista y que, a partir de 1965, fundaron e integraron el actual Partido Comunista de Cuba), ni todos los datos que fundamentan mis tesis e hipótesis.

Sin embargo, en el lenguaje actual –que no siempre es idéntico al empleado en años anteriores—, y partiendo de lo que he avanzado en mis estudios e investigaciones me siento en capacidad de decir que esas utopías, interrelacionadas entre sí y sin orden de prelación, fueron, y en mayor o menor medida, siguen siendo las siguientes:

Primera, la utopía de un mundo post-colonial, post-neocolonial, post-capitalista, post-imperialista y, por tanto, “gobernado” por un Sistema Internacional de Estados, justo, democrático, solidario, así como “post-bipolar” o, como se le llama ahora, confundiendo “la hegemonía”, con “la polaridad”: “post-unipolar” o “multipolar”. Como se demostró en otros momentos de la historia un sistema internacional puede cumplir ese requisito y, sin embargo, estar hegemonizado por una o más potencias.

Cualesquiera que sean sus coincidencias o discrepancias con esa afirmación, en ese orden, desde los primeros meses del propio año 1959 y sin negar que la contradicción fundamental, pero no única de la época era la existente entre el capitalismo y el socialismo, la Revolución Cubana fue portadora de una crítica teórico-práctica a la mal llamada “bipolaridad Este-Oeste” que tipificó, al menos, el mundo de la que Roberto González llamó “primera guerra fría”. [2]

Ello explica, entre otras cosas, las claras posturas anti-colonialistas, anti-neocolonialistas y antiimperialistas del liderazgo político-estatal cubano, así como las múltiples diferencias de enfoques sobre diversos problemas internacionales (por ejemplo, la coexistencia pacífica) que, con intensidad variada, se presentaron entre el segundo Gobierno Provisional Revolucionario Cubano (presidido entre el 17 de julio de 1959 y el 3 de diciembre de 1976 por el doctor Osvaldo Dorticós Torrado) con los liderazgos político-estatales del entonces llamado “campo socialista” y en particular con los gobiernos de la URSS, de las democracias populares este-europeas (incluidos las de Yugoslavia y Albania) y de la República Popular China. En la opinión del gobierno cubano y, a partir de 1965, de la dirección del Partido Comunista de Cuba los enfoques de esas potencias del llamado “Segundo mundo” no tomaban suficientemente en cuenta los problemas del mundo subdesarrollado y dependiente del “Primer mundo”; en particular de los Estados nacionales o multinacionales que por entonces habían emprendido el complejo camino de su liberación nacional y social.

Lo antes dicho explica la rápida identificación de la Revolución Cubana con los propósitos de la Conferencia Afroasiática efectuada en Bandung de 1955 y el impulso que a fines de 1959 le imprimió el gobierno provisional revolucionario antes mencionado a la frustrada convocatoria de una Conferencia de la ONU dirigida a analizar los problemas que afectaban a los que llamó “países sub-industrializados”. También explica la participación de Cuba en la fundación del Movimiento de Países No Alineados (MPNOAL), realizada en Belgrado, Yugoslavia, en 1961, al igual que el inmenso esfuerzo realizado por las autoridades político-estatales cubanas en la organización de la Primera Conferencia de Solidaridad de los Pueblos de Asia, África y América Latina celebrada en La Habana en enero de 1966. Parafraseando los términos utilizados por el comandante Ernesto Che Guevara en su famoso ensayo publicado en abril de 1961, esa conferencia fue convocada desde el criterio de que la Revolución Cubana no era “una excepción histórica”, sino “vanguardia en las luchas anti-colonialistas” que entonces se desarrollaban en todo el mundo.

No tengo que decirles a ustedes que –a pesar de todos los cambios mundiales que se han producido desde 1959 hasta la actualidad— esa utopía de un mundo post-colonial, post-neocolonial, post-capitalista, post-imperialista y, por tanto, de un Sistema Internacional de Estados democrático, solidario, así como “multipolar”, en los que puedan garantizar sus intereses todos los Estados y pueblos del otrora llamado Tercer mundo, sigue guiando la teoría y la praxis de la que en varios de mis escritos he definido como la proyección externa de la que, siguiendo a Marx, prefiero llamar “transición socialista cubana”. [3]

Basta mirar la activa participación de los sucesivos gobiernos revolucionarios cubanos en la labores del MPNOAL, [4] en el llamado Grupo de los 77 más China, así como en los diversos grupos de países subdesarrollados que actúan en los diversos ámbitos del sistema de la ONU, en la Organización Mundial de Comercio o, para hablar de un hecho actual, en las reuniones preparatorias de la Cumbre sobre el Cambio Climático que, en los próximos días, se celebrará en Copenhague.

En esos y en otros ámbitos, la proyección externa de la Revolución Cubana también sigue guiada por la que en esta enumeración llamaré “la segunda utopía fundacional de la Revolución Cubana”: la unidad –o si ustedes prefieren— la integración económica y política de América Latina y el Caribe. El abordaje de este tema fue el centro de mi contribución a las labores del Grupo de Trabajo de CLACSO “Bicentenario: Dos siglos de revoluciones a la luz del presente”. El ensayo que aparece en el libro ya publicado en Argentina lo titulé “Las utopías nuestra americanas de la Revolución Cubana: una aproximación lógico-histórica”.

En ese ensayo recuerdo que esa utopía vinculada a la imprescindible unidad de Nuestra América, “liberada de dominaciones externas y de opresiones internas” –como se expresó en la primera Constitución socialista de la República de Cuba, aprobada plebiscitariamente en 1976— hunde sus raíces en la que Miguel D’Estafano denominó “diplomacia mambisa” desplegada por los más lúcidos dirigentes políticos y militares de la “guerra de los diez años” (1868-1878) y de la “guerra necesaria” (1895-1898). En particular, en el ideario libertario, emancipador, anti-colonialista, antillanista, latinoamericanista y precozmente antiimperialista de Máximo Gómez, de Antonio Maceo y de José Martí; quien, siguiendo los pasos de los que él llamó “tres héroes” de las luchas por la primera independencia de Nuestra América (Hidalgo, San Martín y Bolívar), así como pocos días antes de caer en combate el 19 de mayo de 1895, dejó expreso que toda su labor –incluidas su radical oposición al entonces naciente “panamericanismo” y la fundación en 1891 del Partido Revolucionario Cubano con el propósito de liberar a Cuba y de contribuir a la liberación de Puerto Rico del dominio colonial español— perseguía “impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”.

No obstante sus discrepancias ideológicas, programáticas, estratégicas y tácticas, ese aldabonazo martiano guió a todos y a todas las revolucionarias y revolucionarios, nacidos o no en Cuba, que entre 1902 y 1952 lucharon contra el orden neocolonial instaurado en nuestro país por el imperialismo estadounidense, así como por los representantes políticos, militares e intelectuales de las clases dominantes criollas, incluidos los de la “burguesía nacional”. En el ideario de esos revolucionarios y revolucionarias –entre ellos y ellas, los y las militantes del primer Partido Comunista de Cuba, fundado en 1925 y posteriormente nombrado Partido Socialista Popular (PSP), de las organizaciones de la IV Internacional (trotskista), así como l os y las más consecuente seguidores del pensamiento y la praxis popular y antiimperialista del ex ministro del llamado “gobierno de los 100 días” (1933) y fundador de la Joven Cuba , Antonio Guiteras Holmes— las contiendas liberadoras y emancipadoras que se desarrollaban en el archipiélago cubano era parte consustancial, intrínsecas y, por tanto, estaban ínter vinculadas con las simultáneas luchas por la democracia y la liberación nacional y social que se desplegaban en otras partes del mundo y, en especial, en los territorios colonizados y en los Estados formalmente independientes de la que, en 1953, el joven Ernesto Guevara de la Serna llamó “nuestra Mayúscula América”.

Ese legado fue recogido por la Generación del Centenario del natalicio de José Martí (28 de enero de 1953) y, en particular, por los y las que –luego del frustrado asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes (1953)— fundaron en 1955 el Movimiento Revolucionario 26 de Julio (MR-26-7). Siguiendo lo planteado por su máximo dirigente, Fidel Castro, en su célebre alegato conocido como La historia me absolverá, en el programa de esa organización político-militar quedó latente la idea de que, cuando triunfara la Revolución por ellos iniciada, “l a política cubana en América sería de estrecha solidaridad con los pueblos democráticos del continente y que los perseguidos políticos por las sangrientas dictaduras que oprimen a la naciones hermanas, encontrarían en la patria de Martí […] asilo generoso, hermandad y pan. Cuba debía ser baluarte de libertad y no eslabón vergonzoso de despotismo”.

Esa visión estuvo presente en los diversos acuerdos que elaboró la máxima dirección del MR-26-7 y, entre 1957 y 1958, la Comandancia General del Ejército Rebelde (ER) con diferentes organizaciones políticas; pero en especial con las demás organizaciones de la izquierda política y social que paulatinamente se fueron sumando a la lucha armada revolucionaria contra la dictadura de Fulgencio Batista (1952-1958). Entre ellas, el Directorio Revolucionario 13 de Marzo (DR-13-M) y el Partido Socialista Popular: organizaciones que, con sus propios horizontes programáticos, estratégicos y tácticos, así como con sus propios lenguajes también coincidían con los ideales libertarios y solidarios antes referidos.

De ahí que, tan tempranamente como en el discurso que pronunció en la Plaza del Silencio de Caracas el 23 de enero de enero de 1959, el líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro, pudiera convocar a la unidad de todos “los pueblos democráticos” del continente americano y a recuperar el pensamiento de El Libertador Simón Bolívar. También que pocos meses después, durante el primer recorrido que realizó en su carácter de Primer Ministro por diferentes países de América Latina, pudiera expresar la disposición del primer Gobierno Provisional Revolucionario (el encabezado por el timorato magistrado Manuel Urrutia Lleó) a incorporarse a un Mercado Común de América Latina, necesario para superar progresivamente el sub-desarrollo y la balcanización del continente.

Sin embargo, como demostró Carlos Lechuga en su libro Itinerario de una farsa, tal disposición, reiterada por el segundo Gobierno Provisional Revolucionario en 1962, no pudo materializarse a causa de la agresividad contra los hechos revolucionarios cubanos del imperialismo estadounidense y de la mayor parte de los gobiernos latinoamericanos de la época. Por consiguiente, la utopía de la unidad y la integración económica y política de Nuestra América quedó condicionada a la descolonización del Caribe insular y continental, así como al resultado más o menos inmediato de las multiformes luchas “antiimperialistas y anti-feudales” que –según constataron la Primera y Segunda Declaración de La Habana, así como la Declaración de Santiago de Cuba de 1964— se estaban desarrollando en todo el continente.

Con vistas a estimular esa luchas y a tratar de congregar a todos los “actores” sociales y políticos en ellas implicados, antes o después de diversos eventos que reunieron a dirigentes femeninas, sindicales, campesinos, así como de la juventud y estudiantado, se realizó en Cuba, en 1964, la Conferencia de Partido Comunistas de América Latina, así como tres años más tarde la Primera (y a la postre única) Conferencia de Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS) fundada en enero de 1966.

En la Proclama de esa conferencia, al igual que en la teoría y la práctica de sucesivos gobiernos revolucionarios cubanos, quedó establecido que la Revolución Latinoamericana era un prerrequisito para la integración económica y política de ese continente: concepto que sólo sufrió ciertas modificaciones a partir de la segunda mitad de la década de 1980. En efecto, a partir de la llamada “batalla contra la deuda externa”, la integración de América Latina y el Caribe fue considerada por Fidel Castro como condición necesaria, aunque sin dudas insuficiente, para realizar los profundas cambios internos y externos que demandaba el continente, así como para la edificación del entonces llamado “nuevo orden económico” mundial.

Lo dicho contribuye a explicar la consistente condena de sucesivos gobiernos revolucionarios cubanos a los principales órganos del Sistema Interamericano, [5] así como el reciente rechazo del presidente Raúl Castro al retorno de Cuba a la Organización de Estados Americanos (OEA). También explica la progresiva incorporación y la activa participación del gobierno cubano en los diferentes acuerdos latinoamericanos y caribeños de concertación política, cooperación e integración económica institucionalizados desde la fundación del Sistema Económico Latinoamericano (SELA) hasta la actualidad; entre los cuales –como ya se hecho en este evento— siempre habrá que destacar la ahora llamada Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio entre los Pueblos (ALBA-TCP), cuyo primer lustro se celebrará en su Cumbre Extraordinaria que se realizará en La Habana a fines de este año.

No tengo que decir que esas evoluciones de la antes mencionadas utopías de la Revolución Cubana pudieron realizarse gracias a los diversos cambios ocurridos en el continente; pero, sobre todo, porque en los años previos el sujeto popular cubano, sus organizaciones sociales y de masas, así como sus sucesivas vanguardias políticas –las Organizaciones Revolucionarias Integradas, el Partido Unido de la Revolución Socialista y, a partir de 1965, el Partido Comunista de Cuba—, al igual que sus gobiernos revolucionarios habían demostrado su capacidad para derrotar las multifacéticas agresiones del imperialismo estadounidense y sus aliados continentales y extra-continentales, así como para avanzar en la definición y en la paulatina realización de las otras dos utopías fundacionales de la Revolución Cubana: las que llamo las utopías de una democracia y un socialismo diferente o, si ustedes prefieren, la utopía de una democracia socialista diferente a la que entonces se estaban construyendo en la URSS, en los diversos países de Europa Central y Oriental, al igual que en la República Popular China, en la República Popular y Democrática de Corea y en Vietnam.

Como en diferentes ocasiones y con sus propios vocabularios y lenguajes expresaron los principales dirigentes de la Revolución Cubana durante la década de 1960, el socialismo que se estaba construyendo y que se quería construir en la mayor de las Antillas no podía, ni debía ser ni calco, ni copia de ninguna de esas transiciones socialistas. Sin dudas, siguiendo la prédica de Fidel Castro, el dirigente revolucionario que con mayor claridad expresó públicamente esas ideas fue el comandante Ernesto Che Guevara; quien –luego de estimular y participar en el que ahora se llama “el Gran Debate” acerca de las características propias que debía tener la transición socialista cubana, así como de haber pronunciado su famoso discurso en el Seminario Económico de Solidaridad Afroasiática, realizado en Argel en febrero de 1965— en El socialismo y el hombre en Cuba publicado por primera vez en marzo de ese año expresó, entre otras ideas que veremos después, las siguientes:

El socialismo es joven y tiene errores. Los revolucionarios carecemos, muchas veces, de los conocimientos y la audacia intelectual necesarios para encarar la tarea del desarrollo del hombre nuevo por métodos distintos a los convencionales y los métodos convencionales sufren de la influencia de la sociedad que los creó.

Gracias a las investigaciones sobre el pensamiento económico del Che publicadas por Carlos Tablada, así como a las investigaciones y testimonios de Orlando Borrego ahora sabemos que, detrás de esas palabras y de otros pronunciamientos que aparecen en el propio ensayo, se encontraban las reflexiones realizadas por el ahora llamado Guerrillero Heroico sobre los inmensos desafíos internos y externos, teóricos y prácticos que acechaban a los después llamados “socialismos reales europeos”. Así, en la fundamentación del nuevo Manual de Economía Política que se había propuesto escribir, dejó indicado:

Creemos importante la tarea porque la investigación marxista en el campo de la economía está marchando por peligrosos derroteros. Al dogmatismo intransigente de la época de Stalin, ha sucedido un pragmatismo inconsistente. Y, lo que es trágico, esto no se refiere sólo a un campo determinado de la ciencia; sucede en todos los aspectos de la vida de los pueblos socialistas, creando perturbaciones enormemente dañinas pero cuyos resultados finales son incalculables.

Desgraciadamente, poco más de dos décadas después de su caída en combate y su desaparición física, la vida le dio la razón: se desmoronaron las mal llamadas “democracias populares europeas” y se produjo la implosión de la supuestamente invencible Unión Soviética. No es este el contexto para referir mis consideraciones acerca de las causas de esa tragedia, ni tampoco para hablar de las grandes vicisitudes que vivió la República Popular China después de la muerte de Mao Zedong; pero si me parece necesario recordar que, muchos antes de esos acontecimientos, diversos dirigentes de la Revolución Cubana también habían propugnado la necesidad de edificar una democracia totalmente diferente, tanto a las democracias liberales burguesas representativas existentes en algunos pocos países de América Latina y el Caribe, como a las democracias socialistas entonces existentes.

A las primeras se le achacaban con toda razón sus corrupciones, sus exclusiones, sus discriminaciones, sus represiones y su proverbial incapacidad para resolver los inmensos problemas socio-económicos que, en mayor o menor medida, padecían todos los pueblos de ese continente; mientras que a las segundas se les criticaban su burocratización y sus incapacidades para lograr la participación consciente de sus ciudadanos y sus ciudadanas en todas las tareas vinculadas a la que el Che llamó “construcción simultánea del socialismo y el comunismo”. Por eso, entre otras razones que ahora no tengo tiempo de abordar, en El socialismo y el hombre en Cuba indicó:

En la imagen de las multitudes marchando hacia el futuro, encaja el concepto de institucionalización como el de un conjunto armónico de canales, escalones, represas, aparatos bien aceitados que permitan esa marcha […]/ Esta institucionalidad de la Revolución todavía no se ha logrado. Buscamos algo nuevo que permita la perfecta identificación entre el Gobierno y la comunidad en su conjunto, ajustada a las condiciones peculiares de la construcción del socialismo y huyendo al máximo de los lugares comunes de la democracia burguesa, trasplantados a la sociedad en formación (como las cámaras legislativas, por ejemplo). Se han hecho algunas experiencias dedicadas a crear paulatinamente la institucionalización de la Revolución, pero sin demasiada prisa. El freno mayor que hemos tenido ha sido el miedo a que cualquier aspecto formal nos separe de las masas y del individuo, nos haga perder de vista la última y más importante ambición revolucionaria que es el hombre liberado de su enajenación.

Creo que todos y todas los aquí reunidos sabemos que en nuestro país todavía no se ha logrado esa “importante ambición revolucionaria”. También que no siempre se ha logrado, ni se logra “la perfecta identificación entre el Gobierno y la comunidad en su conjunto”, ni el funcionamiento “armónico de los canales, escalones, represas y aparatos bien aceitados” que permitan la marcha “de las multitudes –de las masas y los individuos—hacia el futuro”. No tengo tiempo para expresar mis reflexiones acerca de las múltiples causas endógenas y exógenas que han determinado y todavía determinan esas debilidades de la transición socialista cubana. Tampoco tengo tiempo para referir las implicaciones que en esa situación tuvo y todavía tiene en nuestra sociedad y en nuestro sistema político el calco y la copia del llamado “modelo soviético”, al igual que los efectos previsibles –deseados o no deseados— de las diversas estrategias dirigidas a enfrentar y, en la medida de lo posible, superar el llamado “período especial en tiempo de paz”.

Sin embargo, en la lógica de esta exposición me parece importante indicar que si la Revolución Cubana logró sobrevivir al derrumbe de los que Carlos Rafael Rodríguez llamó “los falsos socialismos europeos” y a lo que en los primeros años de la década de 1990 Fidel Castro llamó “el doble bloqueo” fue, entre otras razones, por los avances que, en los años previos, se habían logrado en la institucionalización de la democracia socialista cubana y por las diferencias existentes entre sus principales instituciones con las que habían predominado en los socialismos europeos, al igual que en la República Popular China, en la República Democrática de Corea y en la ya denominada República Socialista de Vietnam. Igualmente por los avances democráticos que se produjeron en la institucionalidad del país después del IV Congreso del PCC y de las reformas que se produjeron en la Constitución de 1976 y subsiguientemente en las leyes electorales del país.

Obviamente, a lo dicho también tenemos que agregar –con letras de oro— el heroísmo cotidiano del pueblo cubano, la capacidad de sus diversas organizaciones representativas y de su liderazgo político-estatal para de manera cíclica criticar y autocriticar algunos de los errores (en mi opinión, no todos) que se cometieron durante la década de 1960 y, en particular, durante la llamada “ofensiva revolucionaria”, así como las y los que, en los últimos años de la década de 1980 –es decir, durante la Rectificación--, se llamaron “errores y tendencias negativas” existentes en nuestra sociedad y en nuestro sistema político.

Esa capacidad crítica y autocrítica --que me resisto a identificar con la manida expresión del “perfeccionamiento de nuestra sociedad”; ya que en mi opinión hay fallas que no son perfectibles y que, por tanto, deben ser totalmente erradicadas— en la actualidad está nuevamente sometida a duras pruebas. Como adelanté en mi libro El siglo XXI: Posibilidades y desafíos de la Revolución Cubana (publicado por la Editorial de Ciencias Sociales en el 2000), este proceso crítico y autocrítico implica el reverdecimiento y la actualización de todas sus utopías fundacionales; pero en primer lugar, las vinculadas a las diversas dimensiones de lo que en ese libro llamo “un socialismo más bonito y mejor que el que hasta ahora hemos conocido”. Socialismo que para mí es inconcebible sin la profundización de la democracia, sin la desburocratización y descentralización, así como, por tanto, sin la participación de los diversos sectores de la ciudadanía en la adopción de las decisiones vinculadas a los diversos asuntos que le incumben y afectan. Pero, en mi reiterada opinión, esa actualización debe emprenderse sin hacerle ninguna concesión “al posibilismo” que, como se ha demostrado a lo largo de la historia, tantas implicaciones negativas ha tenido para el desarrollo de la teoría y la práctica revolucionaria.

De más está decir, porque ya lo ha dicho el Presidente del Consejo de Estado y de Ministros y Segundo Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, Raúl Castro, que en la actualización de esas utopías tienen que participar todos, absolutamente todos los sectores del cada vez más heterogéneo sujeto popular cubano; y en primer lugar, las nuevas generaciones. Como dijo el Che en el ensayo que he citado varias veces, ellas son “la arcilla principal de nuestra obra”; en ellas “depositamos nuestra esperanza”, a la vez que las preparamos para “tomar de nuestras manos la bandera”. En mi opinión para que ese deseado relevo generacional pueda realizarse sin los traumatismos que caracterizaron otras transiciones socialistas, es imprescindible propiciar y permitir que las y los jóvenes cubanas y cubanos de manera individual y como sujeto social y político elaboren sus propios conceptos y sueños acerca del socialismo del futuro. Así lo hicieron –con mayores o menores grados de acierto y error— todas las generaciones precedentes.

Y nuevamente parafraseando al Che, para que ese socialismo sea genuino tendrá que ser “una rebelión contra las oligarquías y los dogmas revolucionarios”, propios y ajenos. Mucho más porque su porvenir y el de la transición socialista cubana estará íntimamente vinculado a las inciertas soluciones de la ya referida crisis multidimensional que afecta al planeta Tierra y, en plazos más cortos, al desenlace de la enardecida dinámica entre la revolución, la reforma, el reformismo, la contrarreforma y la contrarrevolución que, otra vez, se está desplegando en América Latina y el Caribe.

A pesar de las debilidades que afectan a todos los gobiernos revolucionarios, reformadores, reformistas o simplemente progresistas actualmente instalados en ese continente, así como a los diversos destacamentos de sus llamadas “vieja” y “nueva” izquierda política, social e intelectual, al igual que a causa de las simultáneas amenazas que a todos ellos les plantea la actual crisis que afecta a la economía capitalista y la nueva contraofensiva del “capital contra el trabajo y del Norte –encabezado por el imperialismo estadounidense— contra el Sur”, la Revolución Cubana sigue obligada a defender y proyectar, en las nuevas condiciones, su ya referidas utopías vinculadas a la edificación de “un mundo mejor”. Asimismo, a la unidad y a la integración económica y política de América Latina y el Caribe; ya que, como dijo Fidel Castro en su discurso de clausura del IV Encuentro del Foro de Sao Paolo efectuado en La Habana en 1993: “ Es deber de la izquierda, […] crear conciencia de la necesidad de la integración y de la unión de América Latina”. Y agregó:

¿Qué menos podemos hacer nosotros y qué menos puede hacer la izquierda de América Latina que crear una conciencia en favor de la unidad? Eso debiera estar inscrito en las banderas de la izquierda. Con socialismo y sin socialismo. Aquellos que piensen que el socialismo es una posibilidad y quieren luchar por el socialismo [bienvenidos sean], pero aun aquellos que no conciban el socialismo, aun como países capitalistas, ningún porvenir tendríamos sin la unidad y sin la integración.

En mi concepto esto último explica la disposición del gobierno cubano a participar en cualquier acuerdo de concertación política y cooperación económica estrictamente latinoamericano y/o caribeño aunque no tengan los horizontes programáticos, así como las matrices político-jurídicas e ideológico-culturales históricamente defendidas por la Revolución Cubana. Lo mismo puede decirse de las instancias organizativas de la “nueva” y la “vieja izquierda” política, social e intelectual del continente americano en las que participan el Partido Comunista de Cuba o las organizaciones de raigambre popular que actúan en la sociedad civil y la sociedad política cubanas.

De esa unidad en la diversidad de las naciones y los pueblos de la que sus originarios o aborígenes llaman Abya Yala, de esa unidad en la heterogeneidad de su “nueva” y “vieja” izquierda política, social e intelectual, así como de esa unidad entre los gobiernos latinoamericanos y caribeños, más o menos reformadores, revolucionarios o progresistas instaurados o que en el futuro se instauren en la que a Raúl Roa le gustaba llamar “nuestra súper patria común”, mucho dependerá que en el futuro previsible la Revolución Cubana pueda continuar siendo “un baluarte de libertad”, al igual que una democracia socialista diferente que, a la vez, pueda ver finalmente realizada su anhelada y cada vez más necesaria integración económica y política con Nuestra Mayúscula América. Como reza la Constitución vigente en nuestro país, tal integración será condición necesaria para “lograr la verdadera independencia” y para “alcanzar el lugar que nos corresponde en el mundo”.

De ahí la vigencia de lo planteado por José Martí en su célebre ensayo Nuestra América: “Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según acaricie el capricho de la luz, o lo tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento y la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado como la plata en las raíces de los Andes”.

Muchas gracias.


* Conferencia pronunciada en el taller “Bicentenario de la primera independencia de América Latina y el Caribe”/ Instituto de Historia de Cuba, 14 de Noviembre del 2009.

[1] Luis Suárez ex Licenciado en Ciencias Políticas, Doctor en Ciencias Sociológicas y Doctor en Ciencias; escritor y Profesor Titular (a tiempo parcial) del Instituto Superior de Relaciones Internacionales y de la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana. Integrante del Consejo de ex presidentes de la Asociación Latinoamericana de Sociología (ALAS) y de los Grupos de Trabajo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) “Estudios sobre Estados Unidos” y “Bicentenario: Dos siglos de revoluciones a la luz del presente”.

[2] En mi concepto ese término, desconocía, al menos, la existencia del entonces llamado “Tercer Mundo”: “polo” totalmente diferenciado del primero y del segundo. Del mismo modo que la polaridad Norte-Sur que adquirió entidad en la llamada “segunda guerra fría” desconocía las diferencias existentes, tanto en el Norte, como en el Sur.

[3] Como en otros de mis textos (El siglo XXI: Posibilidades y desafíos para la Revolución Cubana, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2000) utilizó el concepto proyección externa, en vez de política exterior, para connotar elementos y definiciones de la política interna, económica e ideológico-cultural que, sin dudas, han influido, influyen e influirán en el cumplimiento de los objetivos estratégicos de las interacciones de esa revolución con los diferentes sujetos sociales y políticos, estatales y no estatales, que actúan en el sistema y la economía mundo. Igualmente, para incluir en mi análisis la actividad de diversas organizaciones populares de la sociedad política y civil que, con independencia de la labor del Estado, participan en el diseño y la aplicación de la política internacional cubana.

[4] En la prolija literatura existente sobre la Revolución Cubana es usual mencionar en singular al gobierno cubano. Esas referencias desconocen que, desde el triunfo de la Revolución, en Cuba se han instalado nueve gobiernos: dos de ellos surgidos de las modificaciones que introdujo el Gobierno Revolucionario a la Constitución de 1940 y siete como fruto de las elecciones generales quinquenalmente efectuadas desde 1976 hasta la actualidad sobre la base de la Constitución de la República aprobada en 1976 y parcialmente reformada en 1992 y 2003. El primero de esos gobiernos fue presidido por el timorato magistrado Manuel Urrutia Lleó y el segundo por el doctor Oswaldo Dorticós Torrado. Luego de las elecciones generales de 1976, resultó electo por primera vez por la Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP), como presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, el hasta entonces Primer Ministro Fidel Castro; quien sucesivamente fue reelecto por el propio órgano luego de las elecciones generales realizadas en 1981-1982, 1986-1987, 1992-1993, 1997-1998 y 2002-2003. En las elecciones generales realizadas en 2007-2008, la ANPP eligió como presidente de los Consejos de Estado y de Ministros al general de Ejército Raúl Castro.

[5] El Sistema Interamericano está conformado por un entramado de diversas instituciones políticas, jurídicas, político-militares y económico-sociales. Dentro de estas últimas, la más importante es la Organización Panamericana de la Salud (OPS), de la cual el gobierno cubano nunca fue expulsado. Por el contrario, como reconocimiento a la labor favorable a la salud pública de su población y de otros pueblos latinoamericanos y caribeños, los representantes oficiales cubanos han ocupado diversos cargos de dirección de esa organización, incluida una de sus vice-presidencias.

viernes, 15 de enero de 2010

La izquierda latinoamericana en el gobierno: ¿sujeta a la hegemonía neoliberal o construyendo una contrahegemonía popular?

Roberto Regalado
Rebelión

América Latina se adentra en una nueva etapa de su historia, en la cual, por primera vez, partidos, movimientos, frentes y coaliciones de izquierda, en los que convergen las más diversas corrientes políticas e ideológicas, ocupan, de manera estable, espacios institucionales dentro de la democracia burguesa, cuyo funcionamiento se extiende, también por primera vez, por casi toda una región donde, salvo excepciones como Uruguay o Chile, desde la independencia de España y Portugal, predominaron la dictadura y el autoritarismo.

Aunque hay procesos que lo prenuncian –entre ellos las transiciones que pusieron fin a la mayoría de las dictaduras militares de «seguridad nacional» implantadas desde 1964 y el auge de la lucha popular en países como Brasil, Uruguay y México– y hay procesos que marchan a la zaga –como la firma en 1996 de los Acuerdos de Nueva York que dieron por terminada la insurgencia en Guatemala y la persistencia del conflicto armado en Colombia, cuya solución negociada es cada día más imperiosa–, el momento del cambio de etapa –o cambio de época, como algunos prefieren llamarlo–, se ubica entre 1989 y 1992.

Los acontecimientos internacionales que inciden en lo que podemos definir como una transformación radical de las condiciones en las que se desarrollan las luchas populares en América Latina, son la caída del Muro de Berlín, en diciembre de 1989, símbolo de la restauración del capitalismo en Europa oriental, y el desmoronamiento de la URSS, en diciembre de 1991, que marca el fin de la bipolaridad mundial. En nuestra región, el inicio de la unipolaridad se manifiesta mediante la invasión a Panamá (1989), la derrota de la Revolución Popular Sandinista en Nicaragua (1990), la desmovilización de una parte de los movimientos guerrilleros en Colombia (1990 1991)1 y, como colofón, en la firma de los Acuerdos de Chapultepec (1992), que concluyen doce años de insurgencia en El Salvador, país latinoamericano donde esa forma de lucha alcanzaba por entonces el mayor desarrollo e intensidad.

En esencia, entre 1989 y 1992 se cierra la etapa histórica abierta por el triunfo de la Revolución Cubana, el 1ro. de enero de 1959, caracterizada por el flujo y reflujo de la lucha armada revolucionaria, y por la implantación de las dictaduras militares de «seguridad nacional» que actuaron como punta de lanza de la violencia represiva del imperialismo norteamericano, y se inicia la actual, en la que predominan la combatividad de los movimientos sociales en la lucha contra el neoliberalismo y los avances electorales obtenidos por la izquierda, a los que se dedican estas líneas.

Si se toma como punto de partida la elección mexicana del 6 de julio de 1988, la primera de la historia reciente en la que un candidato presidencial de izquierda, Cuauhtémoc Cárdenas, tuvo a su alcance el triunfo –del cual fue despojado mediante el fraude–, se aprecia que durante los primeros diez años, entre 1988 y 1998, los avances electorales se circunscribieron a los gobiernos municipales y provinciales, y las legislaturas nacionales. Por solo mencionar los casos más conocidos: en México, Cárdenas fue derrotado en las elecciones presidenciales de 1988, 1994 y 2000; en Brasil, le ocurrió lo mismo a Luiz Inácio Lula da Silva en 1989, 1994 y 1998; y, en Uruguay, a Líber Seregni en 1989 y a Tabaré Vázquez en 1994 y 2000. Entre otros factores, ello obedece a que los poderes fácticos tenían entonces la capacidad de neutralizar el creciente rechazo al neoliberalismo, con campañas de miedo basadas en el supuesto de que la elección de un gobierno de izquierda provocaría intolerables represalias del capital financiero transnacional. No es casual que el primer triunfo de un candidato presidencial de izquierda ocurrido en esta etapa, el de Hugo Chávez en la elección venezolana del 6 de diciembre de 1998, se produjese en medio de un colapso institucional que impidió a la oligarquía apelar al miedo o a cualquier otro recurso para evitarlo.

A veinte años de la elección mexicana de 1988 y a diez de la elección venezolana de diciembre de 1998, cualquiera que sea el criterio para definir qué es un gobierno de izquierda o progresista, sea el más estrecho o el más amplio, el resultado no tiene precedente en la historia. Debido a que la problemática aquí abordada se manifiesta en todo gobierno que se considere incluido en una de esas dos clasificaciones, en este texto se emplea un criterio muy flexible, que si bien no refleja la opinión del autor, ello no afecta, sino por el contrario, ayuda a desarrollar su hipótesis.

En primer lugar, es preciso mencionar a Cuba. Al aproximarse a su 50 cumpleaños, la Revolución Cubana es el acontecimiento más trascendente de ese medio siglo latinoamericano. Su triunfo abrió una etapa de luchas de la izquierda que abarcó tres décadas. Su resistencia a partir de 1991 demostró que era posible construir y defender un proyecto de país a contracorriente de la avalancha neoliberal. Con un balance de aciertos y errores sin duda alguna muy favorable, Cuba se encamina al relevo de la generación fundadora de la revolución, con la meta pendiente de alcanzar el desarrollo económico, con el reto de satisfacer las siempre crecientes necesidades y expectativas que crea el desarrollo social y, sobre todo, con plena confianza en el socialismo.

Además de Cuba, de acuerdo con una definición muy amplia de izquierda y progresismo, los triunfos de candidatos presidenciales ubicados dentro de ese espectro son los de Hugo Chávez en Venezuela (1998, 2000 y 2006), Ricardo Lagos en Chile (2000), Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil (2002 y 2006), Néstor Kirchner en Argentina (2003), Martín Torrijos en Panamá (2004), Tabaré Vázquez en Uruguay (2004), Evo Morales en Bolivia (2005), Michelle Bachelet en Chile (2006), Daniel Ortega en Nicaragua (2006), Rafael Correa en Ecuador (2006), Cristina Fernández en Argentina (2007), Álvaro Colom en Guatemala (2007) y Fernando Lugo en Paraguay (2008). Aunque este análisis no incluye al Caribe anglófono, es preciso mencionar que tres gobiernos de esa región encajan en los parámetros señalados: los de Dominica, Guyana, y San Vicente y las Granadinas. También es necesario destacar los resultados electorales obtenidos en 2006 por los candidatos presidenciales Carlos Gaviria en Colombia, Ollanta Humala en Perú y Andrés Manuel López Obrador en México. Pese a que los dos primeros no fueron electos, y a que el tercero fue despojado de la victoria, los tres tuvieron desempeños extraordinarios en sus respectivos países. Finalmente, esperamos confiados que a la lista de presidentes de izquierda se sume en 2009 Mauricio Funes, el candidato del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional de El Salvador.

A partir de las condiciones existentes en Venezuela, Bolivia y Ecuador, y de los fines que se proponen sus actuales mandatarios, cabe señalar que en estos tres países se desarrollan transformaciones radicales del statu quo mediante procesos constituyentes, lo cual no ocurre en el resto de los casos. El rasero más común para cuestionar las credenciales de izquierda de unos u otros de los gobiernos mencionados en el párrafo anterior es que, en mayor o menor medida, mantienen la política neoliberal heredada y priorizan las relaciones con el capital financiero transnacional. Algunos, incluso, están sujetos a tratados de libre comercio con los Estados Unidos. Si asumimos que el neoliberalismo es el capitalismo real de nuestros días, que dispone de mecanismos transnacionales de dominación para impedir la ejecución de reformas nacionales de izquierda o progresistas, y que ninguno de esos gobiernos ha roto con este sistema social –al margen de si existen o no condiciones para ello, y de si esa es o no su meta–, concluiremos que esa crítica tiene una base objetiva.

Los espacios institucionales que ocupan los nuevos gobiernos de izquierda y progresistas se abrieron con los condicionamientos derivados de la interacción entre cuatro elementos, tres de ellos positivos y uno negativo. Los elementos positivos son: 1) el acumulado de las luchas populares libradas durante toda su historia y, en particular, durante la etapa 1959 1989, en la cual, si bien no se alcanzaron todos los objetivos que esas fuerzas se habían planteado, ellas demostraron una voluntad y una capacidad de combate que obligó a las clases dominantes a reconocerle los derechos políticos que les estaban negados;2 2) la lucha en defensa de los derechos humanos, en especial contra los crímenes de las dictaduras militares de «seguridad nacional», que forzó la suspensión del uso de la violencia abierta y grosera como mecanismo de dominación; y 3) el aumento de la conciencia, la organización y la movilización, social y política, registrado en la lucha contra el neoliberalismo, que establece las bases para un incremento sin parangón de la participación electoral de sectores populares antes marginados de ese ejercicio político. Como contraparte, el factor negativo es la imposición del Nuevo Orden Mundial, que restringe aún más la independencia, la soberanía y la autodeterminación de las naciones del Sur. Fue, precisamente, la apuesta a que podría someter a los Estados nacionales latinoamericanos a los nuevos mecanismos supranacionales de dominación, la que, en primera y última instancia, movió al imperialismo norteamericano a dejar de oponerse de oficio a todo triunfo electoral de la izquierda, como había hecho históricamente.

En efecto, los triunfos electorales de la izquierda latinoamericana no son resultado exclusivo de factores positivos o negativos, sino de la interrelación de unos y otros. Interpretarlos solo como un producto del acumulado de las luchas populares, o solo como un reajuste en los medios y métodos de dominación capitalista, sería igualmente unilateral. Lo primero conduce a un triunfalismo injustificado: a pensar que la izquierda llegó «al poder» o que su inclusión en la alternancia democrático burguesa es «la meta final». Lo segundo conduce a una negación igualmente injustificada: a pensar que la dominación imperialista es infalible o a exigir a los actuales gobiernos de izquierda o progresistas que actúen como si fuesen producto de una revolución.

La situación latinoamericana se comprende mejor si apelamos al concepto de hegemonía. América Latina transita por un proceso análogo al ocurrido en los países capitalistas más desarrollados a partir del último cuarto del siglo xix. Ese proceso es la sustitución de la dominación violenta por la hegemonía burguesa. El nacimiento de la democracia burguesa, entendido como el establecimiento de la hegemonía burguesa, fue el resultado de la interacción entre las conquistas arrancadas a la burguesía por los movimientos obreros, socialistas y feministas, y las reformas políticas que la propia burguesía necesitaba realizar en función de los cambios en el proceso de acumulación derivados del surgimiento de la gran industria. De forma análoga, hoy asistimos en América Latina a un proceso de sustitución de los medios y métodos más brutales de dominación por una nueva modalidad de hegemonía burguesa, en el que también interactúan las conquistas arrancadas a la clase dominante y las reformas que esta última necesita hacer.

Las características de la implantación de la hegemonía burguesa en América Latina son: 1) se produce en una región subdesarrollada y dependiente, como parte de un proceso de concentración transnacional de la riqueza y el poder político, y no como en la Europa de fines del siglo xix y las primeras seis décadas del xx, en países beneficiados por un desarrollo económico, político y social capitalista basado en la explotación colonial y neocolonial, que les permitió acumular excedentes y redistribuir una parte de ellos entre los grupos sociales subordinados; y 2) la ideología hegemónica es el neoliberalismo, no como en el Viejo Continente, donde ese proceso estuvo influenciado por el liberalismo político emanado de la Revolución Francesa. Estas características marcan una diferencia fundamental con el concepto gramsciano de hegemonía. En las condiciones estudiadas por Gramsci, la hegemonía abría espacios de confrontación dentro de la democracia burguesa que los sectores populares podían aprovechar para arrancarle concesiones a la clase dominante, pero la hegemonía neoliberal abre espacios formales de gobierno con el objetivo de que no puedan ser utilizados para hacer una reforma progresista del capitalismo.

Nada más lejos del propósito de este texto que demeritar los triunfos electorales de la izquierda latinoamericana o hacer pronósticos fatalistas. Por el contrario, tal como Gramsci estudió la hegemonía burguesa de su época y llamó a construir una contrahegemonía popular, de lo que se trata es de hacer hoy lo propio. Conscientes de que es imposible e indeseable «volver atrás la rueda de la historia»,3 hay que definir dónde estamos para empujarla hacia adelante.

El problema planteado es complejo, entre otras razones, porque no encaja en los patrones conocidos de revolución y reforma. Los gobiernos de esta «nueva hornada» de izquierda nacen y actúan en condiciones diferentes a las que lo hicieron los gobiernos surgidos de las vertientes históricas del movimiento obrero y socialista mundial: la que optó por la revolución socialista y la que optó por la reforma socialdemócrata del capitalismo. La izquierda que hoy llega al gobierno en América Latina no destruye al Estado burgués, ni elimina la propiedad privada sobre los medios de producción, ni funda un nuevo poder, ejercido manera exclusiva por las clases desposeídas. En sentido contrario, tampoco puede construir una réplica del «Estado de Bienestar», del que hace años abjuró la socialdemocracia europea, que lo había asumido como propio.

La izquierda latinoamericana accede al gobierno acorde con las reglas de la democracia burguesa, incluido el respeto a la alternabilidad, en este caso con la ultraderecha neoliberal que, desde la oposición obstaculiza, y si regresa al gobierno revertirá, las políticas que ella ejecuta, por «benignas» que sean. Sin embargo, en ciertas circunstancias, el asunto no es solo la alternabilidad con la ultraderecha neoliberal, sino que para llegar al gobierno –y para gobernar– la izquierda se siente obligada a establecer alianzas con fuerzas ubicadas a su derecha. Y, además, en ocasiones, la cuestión tampoco radica únicamente en la alternabilidad y las alianzas externas, sino en que dentro de los propios partidos, movimientos, frentes y coaliciones de izquierda hay corrientes socialistas, socialdemócratas y de otras identidades, que tienen discrepancias sobre cuánto respetar y cuánto forzar los límites del sistema de dominación.

No tendría sentido que este texto concluyese con un juicio del autor sobre en qué medida uno u otro de los actuales gobiernos de izquierda está sujeto a la hegemonía neoliberal y en qué medida está construyendo una contrahegemonía popular. En ningún caso habría una respuesta químicamente pura. Por cuanto se adentran en un terreno inexplorado, lo esencial es que cada partido, movimiento, frente y coalición que participa en esos gobiernos, se plantee esta interrogante de manera permanente.

Para mayor información sobre este tema, consúltese:

Roberto Regalado: América Latina entre siglos: dominación, crisis, lucha social y alternativas políticas de la izquierda (edición actualizada), Ocean Sur, Melbourne, 2006 (276 pp.).

______________: «La izquierda latinoamericana en el gobierno», Contexto Latinoamericano no. 3, México D. F., 2007, pp. 7 24.

______________: Encuentros y desencuentros de la izquierda latinoamericana: una mirada desde el Foro de São Paulo, Ocean Sur, México D. F., 2008 (301 pp.).

______________: Los gobiernos de izquierda en América Latina, Ocean Sur, México, 2008 (52 pp.).


En: www.oceansur.com

www.oceanbooks.com.au

1 Se refiere a la desmovilización del Movimiento 19 de Abril (M 19), en marzo de 1990, y del Movimiento Guerrillero Quintín Lame, del Partido Revolucionario de los Trabajadores y de parte del Ejército Popular de Liberación, estos tres últimos en febrero de 1991.

2 Por solo citar un ejemplo, sería impensable que la izquierda fuese la segunda fuerza política en El Salvador, y que su candidato a la elección presidencial de 2009 tenga posibilidades reales de triunfar, si la Revolución Popular Sandinista no hubiese estremecido a todos los regímenes dictatoriales de Centroamérica, y si el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional no hubiese desarrollado la fuerza político militar que, mediante los Acuerdos de Chapultepec, de enero de 1992, convirtió en fuerza político electoral.

3 Carlos Marx y Federico Engels: «El Manifiesto del Partido Comunista». Obras Escogidas en tres tomos. Editorial Progreso, Moscú, 1972, t. 1, p. 120.