martes, 6 de octubre de 2009

Latinoamérica frente a la crisis mundial


James Petras Rebelión

En toda Latinoamérica la crisis económica está haciendo estragos en la economía, el mercado laboral, el comercio, el crédito y la inversión. Los principales países de la región van camino del crecimiento negativo, con tasas de dos dígitos en el desempleo, incremento de la pobreza y protestas masivas. En Brasil, a finales de marzo y principios de abril, una coalición de sindicatos, movimientos sociales urbanos y trabajadores del movimiento de los sin tierra convocaron manifestaciones a gran escala, y en ellas participó la confederación sindical CUT, que generalmente suele aliarse con el Partido dos Trabalhadores de Lula.

Las tasas de desempleo en Brasil han aumentado bruscamente y ya sobrepasan el 10%, conforme aumentan los despidos en las industrias del automóvil y otros sectores metalúrgicos. En Argentina, Colombia, Perú y Ecuador, las huelgas y las manifestaciones han empezado a extenderse en protesta por el desempleo y el aumento de las quiebras entre exportadores, que se enfrentan al declive de la demanda mundial y a la imposible financiación.

Los países latinoamericanos más industrializados, cuyas economías están más integradas en los mercados mundiales y que han seguido una estrategia exportadora de crecimiento, son los más afectados por la crisis mundial. Esto incluye a Brasil, Argentina, Colombia y México. Además, los países que dependen de los envíos de divisas desde el extranjero y del turismo, como Ecuador, Centroamérica y los países del Caribe, e incluso México, con sus economías “abiertas”, son los más afectados por la recesión mundial.

Mientras que el colapso financiero usamericano no tuvo un enorme impacto inmediato en Latinoamérica, en gran medida porque los anteriores colapsos financieros en Argentina, México, Ecuador y Chile habían llevado a sus gobiernos a imponer límites a la especulación, los resultados indirectos, sobre todo en lo relativo a la congelación del crédito y a la disminución del comercio mundial, han destruido sectores productivos. A mediados de 2009, las industrias manufactureras, la minería, los servicios y la agricultura, tanto en los sectores privado como público, estaban ya afectadas por la recesión.

La vulnerabilidad de Latinoamérica ante las crisis mundiales es el resultado directo de la estructura de producción y de las estrategias de desarrollo adoptadas en la zona. Tras la “reestructuración” neoliberal o supeditada al imperio de las economías, que tuvo lugar entre mediados de los años setenta y noventa, el perfil económico de Latinoamérica se caracterizó por un débil sector estatal a causa de las privatizaciones en todos los sectores productivos clave. La desnacionalización de los sectores estratégicos financiero, crediticio, comercial y minero aumentó la vulnerabilidad, y lo mismo sucedió en la muy concentrada propiedad de los ingresos y del inmobiliario, en manos de una pequeña elite nacional y extranjera. Estas características se vieron exacerbadas por el boom de los bienes primarios, que tuvo lugar desde principios de 2003 hasta mediados de 2008. El cambio de las políticas gubernamentales hacia una estrategia de exportación basada en materias primas sentó las bases de la catástrofe. Como resultado de su estructura económica, Latinoamérica era enormemente vulnerable a la decisión de los políticos usamericanos y europeos encargados de los sectores económicos clave. La desnacionalización negó al Estado las palancas necesarias para controlar la crisis mediante un cambio de dirección en la economía.

Los cambios estructurales impuestos por el Fondo Monetario Internacional / Banco Mundial y sus socios locales de la clase neoliberal gobernante “abrieron” los países al estallido de la crisis mundial a causa del desmantelamiento de las instituciones estatales que podrían haber protegido la economía o, al menos, evitado los peores efectos de la crisis.

La privatización llevó a la concentración de la renta, disminuyó la demanda local y aumentó la dependencia en los mercados de la exportación mientras que, al mismo tiempo, privaba al Estado de las palancas necesarias para controlar las inversiones y el ahorro, que podrían haber contrarrestado el declive de la entrada de capital extranjero y el colapso de sus mercados en el exterior.

La desnacionalización facilitó el flujo de capital, especialmente en el sector financiero, profundizó las crisis del crédito y afectó de forma adversa la balanza de pagos. La propiedad extranjera sometió a los países latinoamericanos a decisiones económicas estratégicas controladas por elites económicas del exterior, más preocupadas por los costos y beneficios de sus imperios económicos. Por ejemplo, en Brasil, tanto el cierre de fábricas de automóviles pertenecientes a capital usamericano como los despidos masivos de trabajadores se deben a los cálculos de los costos en el mercado mundial, algo totalmente ajeno a las necesidades del mercado laboral brasileño.

La “estrategia de la exportación” dependía de los subsidios estatales a la expansión de plantaciones agroalimentarias, que producían alimentos básicos para el mercado de la exportación, lo cual se hacía a expensas de pequeños agricultores, campesinos sin tierra y trabajadores rurales, y debilitaba el mercado interior como posible alternativa a los mercados exteriores en proceso de colapso, aumentando la dependencia de alimentos importados y afectando la seguridad de los alimentos.

Las estrategias de exportación dependen de que los costos laborales y los salarios sean bajos, lo cual debilita la demanda interior y hace que el empleo dependa de las fluctuaciones de la demanda exterior. La producción especializada en un vasto complejo de división internacional del trabajo es fundamental para cualquier compañía multinacional. Esto ha reducido de forma importante la diversificación nacional de la industria y la integración manufacturera, en las que todos los componentes de un producto se producen en el interior de una sola región geográfica. Bajo la actual división del trabajo, un fabricante brasileño de frenos de automóviles depende por completo de la demanda exterior, determinada por la compañía multinacional. Las desventajas estratégicas de esta “especialización” en una cadena capitalista mundial de producción se han hecho evidentes en la crisis actual.

A pesar de estas profundas debilidades estructurales, heredadas de gobiernos anteriores, los actuales gobiernos de centroizquierda en Latinoamérica no están procediendo a ningún cambio estructural para disminuir su vulnerabilidad económica, con la única excepción parcial de la Venezuela chavista.

La cumbre de los gobiernos de la “tercera vía”, que tuvo lugar en marzo de 2009 (más los demócratas del tándem Obama-Biden y el gobierno del British Labor) se reunió en Santiago de Chile, donde cuidadosamente todos evitaron incluso mencionar las imperfectas estructuras internas que han dado lugar a la crisis económica y prometen profundizarla.

Las propuestas de consenso de los gobiernos de la “tercera vía” repitieron anacrónicamente los llamados a mayores flujos de capital, ajenos a la realidad de la crisis actual. Pidieron a Washington, a la Unión Europea y a Japón que resucitasen mercados colapsados y promovieran el comercio. De manera específica, la reunión de e instó a los dirigentes del G20 a que promuevan programas de estímulos y se comprometan contra el proteccionismo. Pidieron a los gobiernos latinoamericanos que aumentasen el gasto y la liquidez para disminuir las tasas de interés, sostener las instituciones financieras y promover las exportaciones.

Los gobiernos de centroizquierda reunidos en Santiago no mencionaron ningún plan para aumentar la demanda interna mediante la intervención en el mercado laboral, impidiendo que los propietarios despidan a los trabajadores. No mencionaron ningún aumento del salario mínimo. Evitaron cualquier discusión sobre el aumento de la demanda en zonas rurales mediante reformas agrarias generadoras de salarios. No consideraron el establecimiento de una industrialización que sustituya las importaciones financiadas con fondos públicos, la cual podría generar empleo para los trabajadores despedidos en los sectores de la exportación.

Frente al aumento de los precios de los alimentos, no se propusieron medidas de ayuda a las familias de renta baja ni a los desempleados y pensionistas con una renta fija. Las propuestas de los gobiernos de centroizquierda demostraron una enorme rigidez estructural y su incapacidad para romper con estrategias fracasadas que dependen de la poderosa clase dirigente del sector de la exportación agrominera. En vez de ello, sus propuestas reafirman su dependencia de programas de estímulo “expansionista” de las clases dirigentes de Usamérica y Europa. Sus insistentes llamados al libre comercio y a evitar el proteccionismo cayeron en oídos sordos, puesto que todos los países imperiales persiguen una doble política de promoción del libre comercio para sus dinámicas multinacionales radicadas en el extranjero y de proteccionismo para sus desfallecientes sectores financieros y manufactureros locales.

Mientras que evitan cualquier cambio estructural interno que pudiese favorecer a los trabajadores desempleados, campesinos, funcionarios públicos y pequeñas empresas, persisten en seguir las políticas que favorecen a banqueros, elites de la exportación y compañías multinacionales. El principal objetivo económico de los regímenes latinoamericanos de centroizquierda no es la reforma interna, sino la búsqueda de inversionistas y nuevos mercados exteriores.

A principios de abril, los dirigentes latinoamericanos y su elite de los negocios se reunieron con sus homólogos árabes en Qatar para incrementar las inversiones y el comercio mediante empresas conjuntas. Misiones similares llevadas a cabo en China, Rusia y Japón han conducido a inversiones casi exclusivas de capital en industrias extractoras (petróleo y minerales) y en agricultura mecanizada para la exportación. El comercio interregional a través del MERCOSUR ha sido altamente asimétrico, tal como lo demuestra el déficit comercial de 4.000 millones de dólares que Argentina tiene con Brasil. El centroizquierda es estructuralmente incapaz de reconocer que la crisis mundial ha debilitado en gran parte la estrategia de la exportación; que las elites no pueden sobreponerse a sus contradicciones internas y a sus limitaciones de clase y “exportan” sus métodos de recuperación económica. La búsqueda de nuevos mercados e inversionistas en Asia y Oriente Próximo puede ofrecer un aumento limitado de mercados de exportación, pero tendrá poco o ningún efecto sobre los sectores industriales y de servicios, los cuales dan trabajo a la mayoría de los trabajadores y empleados. Además, los países asiáticos y de Oriente Próximo también sufren una grave crisis, ya que el comercio (tanto las importaciones como las exportaciones), el sector manufacturero y el empleo están en declive. Así, China ha optado por un vasto plan de estímulo económico basado en el aumento de la demanda interna. Asia, pues, puede ofrecer muy poco alivio a Latinoamérica en esta crisis.

El único país que brilló por su ausencia en la reunión de gobiernos de centroizquierda en Santiago de Chile fue Venezuela, en parte debido a que el presidente Chávez prosigue una estrategia económica alternativa para enfrentarse a la crisis mundial.

La estrategia de Chávez incluye la nacionalización de sectores económicos clave como el petróleo y el gas, lo cual aumenta los ingresos del Estado; la protección de sectores sociales estratégicos como los alimentos y su distribución, y la expansión de una reforma agraria para aumentar la producción local de alimentos. El gobierno tiene un programa de subvención de los precios de los alimentos, un aumento del 20% en el salario mínimo, que busca amortiguar los efectos de la inflación, y un gasto público en proyectos intensivos de infraestructuras laborales, programa que ha dado lugar a una disminución del desempleo con la creación de 280.000 nuevos puestos de trabajo en enero y febrero de 2009.

Chávez está utilizando un radical programa keynesiano que depende de inversiones públicas a gran escala para expandir el mercado doméstico y de subvenciones sociales dirigidas a una amplia franja de las clases más humildes. Su política de inversiones estatales se basa en la “cooperación” del todavía dominante sector privado, en especial las finanzas, la construcción, la agrominería y las manufactureras, ya sea mediante incentivos económicos y contratos estatales o mediante amenazas de intervención o nacionalización.

Las reformas estructurales internas de Chávez se complementan con la promoción de pactos politicoeconómicos regionales como Petrocaribe y el ALBA, con Bolivia, Cuba, Nicaragua y varios estados caribeños y de América Central. Cuenta con los crecientes acuerdos financieros y de inversión con China, Oriente Próximo –sobre todo Irán– y Rusia, en particular mediante empresas conjuntas en los sectores del petróleo y la minería.

Mientras que la estrategia de Chávez representa una alternativa y una clara ruptura con el enfoque de la elite exportadora de centroizquierda, no deja de mostrar graves contradicciones. Venezuela es muy dependiente de una exportación única –el petróleo– para los ingresos del exterior y de un mercado único, el usamericano. En segundo lugar, sus reservas de divisas extranjeras se están agotando rápidamente. En tercer lugar sus esfuerzos para promover la integración regional no han prosperado, ya que los principales países latinoamericanos miran hacia el G20 en busca de salvación. La intervención estatal y la nacionalización han aumentado el control nacional sobre la economía, pero no se han enfrentado a la desigual distribución de la renta, de la propiedad y del poder. Como resultado de ello, la economía se ha visto afectada por una ola de huelgas de trabajadores y empleados en los sectores manufactureros, de la educación, la minería y las fundiciones.

Igualmente grave es que una tasa de inflación del 30% ha erosionado el poder adquisitivo de los ingresos fijos, que ha erosionado los recientes aumentos del salario mínimo. Los aumentos del precio de los alimentos, que provienen de la importación en el 90%, afectan adversamente la balanza de pagos. El futuro inmediato podría convertirse en una amenaza para la estabilidad social de Venezuela.

Latinoamérica y el agravamiento de la crisis

La participación de algunos países latinoamericanos importantes en la reunión del G20 en Londres, que tuvo lugar el 2 de abril de 2009, y los acuerdos posteriores revelan la bancarrota política de la actual dirigencia política. La declaración de un importante programa de nuevos “estímulos” ocultó el hecho de que la mayoría de los fondos citados (1,1 billones de dólares) ya estaban asignados antes de la reunión y no tendrían efecto alguno. La cantidad real de nuevos fondos fue sólo una fracción de este desembolso (250.000 millones de dólares), la mayor parte de ellos destinada a rescatar al sector financiero.

El solemne acuerdo del G-20 para oponerse al proteccionismo se vio falseado por un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), según el cual 17 de los 20 países han adoptado recientemente medidas protectoras de sus industrias locales y limitaciones a la financiación exterior. El más beneficiado en el G-20 fue el Fondo Monetario Internacional, que ha prometido 500.000 millones de dólares adicionales en líneas de crédito y financiación. Dado el dominio usamericano y europeo en el interior del FMI y la historia reciente de imposiciones de condiciones restrictivas a favor de los países imperiales, su fortalecimiento plantea un obstáculo importante a la recuperación de cualquier gobierno latinoamericano progresista. Las grandes expectativas que tenían los gobiernos de centroizquierda y de derecha en Latinoamérica de que el G-20 los favoreciese con estímulos significativos quedaron defraudadas.

A la izquierda, Fidel Castro y sus aliados latinoamericanos dirigen su mirada a China como mercado alternativo y socio inversionista. Pero las inversiones exteriores de China casi siempre se dirigen a los sectores de la extracción (minerales, petróleo) y, en menor grado, a la agricultura. Por eso, las inversiones chinas en Latinoamérica han creado pocos empleos mientras que favorecen a los sectores que contaminan el medio ambiente. El perfil exportador de Latinoamérica con China se reduce a un monocultivo de materias primas altamente vulnerable a las fluctuaciones de los precios mundiales. Más aún, los acuerdos comerciales de China con Latinoamérica incluyen la importación de bienes manufacturados chinos producidos por trabajadores no sindicados y altamente explotados, lo cual socava cualquier recuperación del sector manufacturero latinoamericano.

Los dirigentes latinoamericanos, que confían en que China los saque de la crisis, están inmersos en un estilo neocolonial de recuperación basado en un modelo exportador de materias primas. De la misma manera, tampoco la perspectiva de Rusia como nuevo mercado y estímulo económico mejora las cosas, y ello debido a que la economía rusa es muy dependiente del petróleo y del gas, carece de industrias competitivas y, por encima de todo, está inmersa en una gran crisis con una caída de la economía que sobrepasa el 7% en 2009.

La búsqueda de nuevos paquetes de estímulos provenientes de Usamérica y de la Unión Europea o de nuevas alternativas comerciales con China y Rusia es un esfuerzo desesperado de los dirigentes latinoamericanos para salvar el desfalleciente modelo exportador de sus elites. La idea promovida por Brasil de que los países imperiales deberían ofrecer una solución a la crisis mundial, puesto que fueron ellos quienes la provocaron, es un desatinado brindis al sol, sobre todo a la luz de la manifiesta incapacidad que están demostrando para estimular sus propias economías. La promoción usamericana del FMI busca entorpecer cualquier política progresista latinoamericana y el florecimiento de regímenes independientes, de ninguna manera ayudarlos a recuperarse de la crisis.


Conclusión

A causa de la profunda y costosa implicación del gobierno de Obama con el complejo militar del imperio y de la multibillonaria financiación de su sector bancario interno (mientras que al mismo tiempo apoya el proteccionismo crediticio), las clases dominantes latinoamericanas no pueden esperar ninguna medida de estímulo económico proveniente de Usamérica.

Las profundas divisiones políticas entre Washington y Latinoamérica (y entre las propias clases de ésta última), así como las divergentes estrategias nacionales y de clase, impiden cualquier estrategia regional. Incluso entre los gobiernos nacionalistas de izquierda, aparte de algunas limitadas iniciativas complementarias entre los países del ALBA, no existe ningún plan regional. En este sentido, es un grave error escribir o hablar de “iniciativa o problema latinoamericano”. Lo que hoy podemos observar es una caída generalizada del modelo de las exportaciones y respuestas sociales divergentes entre las políticas proteccionistas salariales de Venezuela y las políticas que subvencionan la exportación en Brasil, Argentina, Chile, Perú y Colombia. Durante la recesión, estos gobiernos de centroizquierda, han demostrado un algo grado de rigidez estructural, ya que no han realizado esfuerzo alguno para profundizar y expandir el mercado interno y la inversión pública, por no hablar de nacionalizar las compañías en estado de quiebra. La crisis subraya el proceso de desglobalización neoliberal y el auge de la importancia del Estado-nación.

La galopante crisis económica afecta negativamente a los actuales gobiernos, ya sean de centroizquierda o de derecha, y fortalece a sus oposiciones respectivas. En Argentina, la derecha y la extrema derecha han controlado las calles con un creciente poder interior entre la elite agraria del país y la clase media bonaerense. El sindicato progresista CTA [Central de los Trabajadores Argentinos], que ha organizado huelgas y protestas, no está vinculado a ninguna nueva organización política de izquierda alternativa.

Brasil ha sido testigo de protestas similares por parte de movimientos sociales y sindicatos contra un aumento del 10% del desempleo y la decadencia del sector exportador. No obstante, el principal beneficiario político de la caída de popularidad del autodenominado Partido dos Trabalhadores de Lula es la derecha. Por el contrario, el centroizquierda se va a beneficiar en los países en que el poder está en manos de la derecha, entre ellos México, Colombia y Perú. Pero, al igual que en otros lugares, los movimientos de masas carecen de capacidad de respuesta política organizada ante un capitalismo en pleno colapso.

Además, ni Cuba ni Venezuela, ofrecen un “modelo” al resto de Latinoamérica. La primera es muy dependiente de una vulnerable economía basada en el turismo, mientras que la segunda es una economía dependiente del petróleo. Dado el colapso sistémico del capitalismo, estos países necesitarán hacer reformas a la carta, tales como las subvenciones alimentarias de Chávez, así como nacionalizaciones personalizadas, o tender a la socialización de los sectores financiero, comercial y manufacturero.

Las protestas masivas, las huelgas generales y otras formas de rebeldía social están empezando a surgir en todo el continente. Sin duda, el imperio intensificará su apoyo a los movimientos derechistas de la oposición y a sus clientes actuales, también derechistas, que están en el poder. La hegemonía imperial sobre la elite latinoamericana sigue siendo fuerte, incluso si es prácticamente inexistente entre las organizaciones de la sociedad civil. Dada la posición militarista y proteccionista del gobierno de Obama, es de esperar una intervención del imperio bajo la forma de operaciones encubiertas, conforme la lucha de clases se incrementa y se dirige hacia una transformación socialista.

[1] Este apartado sobre Honduras procede del artículo “La estrategia de retroceso de Obama. Honduras, Irán, Pakistán, Afganistán (y el efecto boomerang)”, de James Petras, originalmente traducido por Beatriz Morales Bastos. Revisión de Manuel Talens.


El escritor usamericano James Petras es profesor emérito jubilado de Sociología en la Binghamton University, SUNY (Nueva York).

El escritor y traductor español Manuel Talens es miembro de Rebelión y Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística.

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